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domingo, 31 de julio de 2016

La vida empieza en julio

Advertencia
Doy por hecho que el lector de blogs es distinto al de Facebook, por lo que no agrego demasiados vínculos a los temas de los que hablo puesto que considero que i) tengo un poco de sueño; ii) quien lee esto sabe copiar un lema, pongamos por ejemplo "Escuadrón Guillemet", y pegarlo en la barra de Google para buscarlo por su cuenta.
Fin de la advertencia

La meta de escribir en el blog en lugar de en Facebook se ve obstruida por el sencillo pedregullo de no haber agregado a blogger.com como una de las pestañas que se abran automáticamente cada vez que inicio sesión con el Google Chrome, acto que me reconvertiría en un bloguero más que en un "pibe Face" malhumorado y medio huevón.
Un momento por favor...
Hecho. Ahora blogger.com es una de las pestañas de inicio. Qué lindo.
Prosigamos.

El de julio es un mes particular. No este en particular ni el mes de julio en general, o sea, no es que cada año sea julio un mes diferente, sino que quiero decir, si es que quiero decir algo, que este mes de julio de 2016 viene siendo un mes particular entre todos los meses, no sólo entre todos los julios, que no recuerdo tanto cómo establecer una generalidad de los julios que he vivido sino que —¡maldición, ¿por qué no puedo escribir claro?!— este mes que termina hoy o ayer o mañana fue un mes interesante entre otros meses interesantes pero particularmente interesante. HE DICHO.

¿Y por qué resulta este julio de 2016 un mes interesante?
Ah, bien, ahí vamos.
Este mes resulta interesante porque han sucedido varias cosas —obviamente— interesantes, que, todas juntas, pesan bastante, tipooseadigamos: agregan a la interesantez de este mes...
A saber:

1) El proyecto de impresión tipográfica + encuadernación, el Escuadrón Guillemet, que fundamos con mi amiga S. M. hace aproximadamente un año, está creciendo y da sus primeros frutitos.
1) a) Ya julio es el segundo o el tercero de un par de meses en que los ingresos por las ventas de nuestros productos nos permiten pagar el alquiler y las expensas del espacio donde estamos instalados. Un pequeño paso para la Humanidad, sin dudas, pero un gran paso para un nanoemprendimiento como el de marras.
1) b) Producto de nuestro trabajo surgió la invitación del Club Cultural Matienzo a exponer nuestra modesta experiencia en el Proyecto Poroto, cosa que hicimos y cuyas consecuencias empiezan a hacerse palpables, como se ve en el siguiente apartado.
1) c) Alguien vio lo que estábamos haciendo y se le ocurrió invitarnos a la bienal sobre tipografía y diseño gráfico Tipos Latinos de este año, para hacer una pequeña demostración de cómo se siente agarrar un componedor e irle colocando letritas de plomo, estaño y antimonio para formar palabras y oraciones y encima después imprimir con ese texto metálico unos papelitos con una máquina de imprimir minerva de mano. La sensación de haber sido invitados a tamaño "evento" (hasta donde entiendo, llamar "evento" a algo programado es un error, por eso las comillas) es inabarcable.
1) d) Surgen trabajos que no son ya encargos de tíos o amigos, sino de "clientes-clientes", con los temores, responsabilidades y demás dimes y diretes del quehacer profesional.

2) Eso en cuanto al trabajo. En lo que se refiere a los estudios, terminé el primer cuatrimestre promocionando Edición Electrónica y Multimedia de la carrera de Edición que iniciara en 2006, que dejara en 2008 y que retomara en 2013, para descubrir el mismo día en que me entregaran la nota de esta materia que me resta cursar solamente cuatro asignaturas... Onda, este cuatrimestre y el que viene. Mientras, daré los niveles de inglés, seminario, pasantía o tesina y listo... Seré un egresado de una carrera universitaria. Recórcholis.
2) a) Como no me gusta hacerme fácil la vida, en estas semanas de inactividad académica no tuve mejor idea que, en lugar de rendir alguno de los tres exámenes finales que adeudo para avanzar con la carrera de Edición de la que hablaba en 1), hacer realidad el sueño —o pesadilla— de repasar, si no todos, al menos los temas más relevantes (o respecto de los cuales mi ignorancia me resulte deprimente y vergonzante) de todo lo que vi en el nunca bien ponderado colegio secundario al que asistiera en mis años mozos.
Hace años que venía masticando la idea. Incluso tuve pesadillas en las que soñaba que por un error burocrático alguien me informaba de que mi título de bachiller carecía de validez y que por tanto debía rehacer el secundario, y no de otra forma que no fuera volver a ir de lunes a viernes en el mismo horario al mismo edificio al que asistía en su momento, pero yo con treinta y tantos años, mis compañeros de primer año con trece. Esta pesadilla se repitió al menos tres veces desde 2013 para acá. Aterradora. Pero se relaciona estrechamente con la insoportable sensación de no poder comprender cómo cuernos en su momento pude resolver ya no derivadas, sino divisiones con más de tres cifras en el divisor, o problemas de choque elástico con cálculo de incertezas, cómo podía repetir casi como las preposiciones... a ante bajo cabe con contra de desde en entre hacia hasta para por según sin so sobre tras... los años en que fueron asumiendo los distintos presidentes de la Argentina, cómo llegué a comprender las declinaciones del latín, cómo reconocía una PIAdj. al vuelo y era capaz de muchos otros más malabarismos intelectuales y hoy, tantos años después, me encontraba con que mi cerebro había borrado de un plumazo tamaños datos y relaciones imprescindibles para todo hombre de bien. No serán imprescindibles realmente, es un chiste, zopenco, pero he descubierto en mis meditaciones que nada en este mundo lo es. Como bien sentencia mi Padre ante la muerte de algún prócer coetáneo: "Son los imprescindibles los que van poblando los cementerios", o algo por el estilo.
Producto de estas inquietudes (tanto la del olvido casi completo de todo lo que supuestamente había aprendido en el secundario como la de la aprehensión de que la muerte es para todos, y sobre todo la aprehensión de que ¡es para uno!, ¡y dentro de muy poco!), sumadas a la preocupación por acelerar un poco la segunda intentona de mudanza con rumbos meridianos (y la mayor preocupación por evitar que la segunda sea una intentona y en su lugar se convierta en una concreción concreta y re concreta), por eso y muchas cosas más, resolví también en este julio fundar la Escuela Ícaro para la Repatagonización del Mismo, escuela en la cual soy rector, docentes, preceptores, maestranza y, por supuesto, alumno. No es una escuela muy copante, ni siquiera es una escuela con un edificio que se destine a ser escuela únicamente, sino que se limita a los modestos diez metros cuadrados de mi pieza y la mesa del comedor cuando tengo suerte. Pero es una escuela en la que yo pongo el horario y las evaluaciones y de la que nunca voy a graduarme.
Es hija de todas las cosas de las que empecé a preocuparme por primera vez durante mi intentona de vivir en el Sur, sumadas a lo que aprendí en el secundario, sumadas a lo que me gustaría aprender para volver a intentar un cambio, dejar la vida urbana para tomar una vida rural, entre árboles, cielos inmensos, montañas, ríos, píedras, silencios, lunas llenas que me despierten mientras duermo como si me hubieran encendido un farol en la cara, donde "las mañanas y las tardes sean mías", etc.

* * *

El programa de la Escuela Ícaro para la Repatagonización del Mismo lo armé de la siguiente manera:
Descargué el plan de estudios del colegio al que asistí y del cual me gradué, a pesar de lo que vengan a plantearme mis pesadillas. Descargué después los programas de todas las materias y los fui leyendo uno por uno. Elegí cuáles temas me parecen más imprescindibles para organizar las cosas como para armar en el mediano plazo mi refugio anarco-budista-agroecológico-permacultural cope en algún bosque de la Patagonia y cuáles, como decía más arriba, me avergüenza no haber retenido (historia argentina, matemáticas, latín, etc.). Compré unos cuantos cuadernos (aunque ahora estoy encuadernando unas resmas de papel cuadriculado en mi taller para no comprar más cuadernos hechos y así lograr que los que use para el próximo año sean un poco menos descartables que los clásicos Avon universitarios que destiné para este primer ciclo) donde ir tomando notas y resolviendo ejercicios. Compré algunos de los libros que no tenía o que había perdido, siguiendo las bibliografías de cada uno de los programas de las materias que me interesaron especialmente. A eso agregué los temas que me interesa conocer y que no vi en el colegio, como ser taquigrafía, permacultura, anarquismo, impresión tipográfica,.. "Y listo". ¡JA!
El bosque-jo del programa que estoy tratando de seguir por las tardes y fines de semana, entonces, quedó más o menos así:

Castellano y Literatura - Sigo los libros Escribir en español de María Marta García Negroni y Lengua I y Lengua II  de Ofelia Kovacci.
El objetivo de leer cincuenta libros por año se inscribe también en esta materia.
Lo mismo el trabajo de corrección de estilo y el de las desgrabaciones.

Educación Física + Educación para la Salud - Ando en bicicleta cuando puedo, empiezo a pensar en cómo mejorar la alimentación, la semana que viene voy a ir a sacar turnos con el dentista y la oculista... El test de Cooper, por el momento, no creo que pueda aprobarlo, eso sí que no...

Francés - Por el momento, en espera.

Geografía + Territorios (+ Permacultura) - Recorreré en bicicleta los barrios, veré cómo es la onda de los mercados de orgánicos y las organizaciones alternativas que encuentre en la ciudad.

Historia - Según el programa de primer año, lo primero que se ve es historia de la Antigüedad, en segundo, Edad Media y Moderna, en tercero, historia de América, en cuarto y en quinto, historia argentina. Resolví saltar a cuarto año, porque me interesa particularmente mi lugar en la historia de este triángulo deforme de acá al borde del mundo. Después veré si los sumerios vinieron antes de los babilonios o si los Anunnaki nos crearon antes que a los reptilianos o en qué año reinó Carlomagno o Pipino el Grande.
Tal vez pueda hacer un camino inverso, arrancar por Argentina y de ahí ir pasando a América, Colón, Marco Polo, San Agustín, Julio César, Homero y de ahí a los dinosaurios y el Big Bang. Tal vez para 2023 llegue a esos temas.

Informática - Es clave retomar un estudio sistemático de este tema. Quiero aprender armado y reparación de PC, pero todavía no averigüé si hay algún curso gratuito que empiece por estos días y que no me ocupe demasiado tiempo aparte del que ya no sé cómo disponer...
Conseguí, eso sí, unas piezas para "tunear" mi vieja/nueva PC: una memoria de 2 GB y un rígido de 320 GB que quedó de la máquina que ya no anda más. Lo mismo una placa de video de 512 MB. Juntando todo eso podría convertir la computadora que heredé de mi amigo R. E. en algo más hubiera sido gamer en 2009, lo cual sería mucho pero mucho logro para mis conocimientos de hardware.

Inglés - Estoy leyendo, gracias a que conseguí el Kindle el año pasado, una buena proporción de libros en este idioma. Ya en el secundario era una meta leer a Tolkien en inglés. Hoy todavía no lo retomé al Profesor en su idioma, pero sí me di el gusto de leer a Terry Pratchett, a Lovecraft, a Poe, a Philip K. Dick... Sí-se-puede, sí-se-puede...

Latín - El año pasado hice los dos primeros niveles de Lengua y Cultura Griegas en Puán. El latín es LA materia cuyo olvido me atormenta en mayor grado. ¡No puede ser que habiendo repasado mil veces las declinaciones y los circunstanciales y los tiempos verbales y las cajitas del análisis sintáctico no haya podido retener más que Quid in tabula uides?! No voy a aceptarlo nunca. Así que volví a comprar los libros de Marta Royo, que perdí con una novia, y me di a la lectura detenida de sus páginas. Nota: En una de las primeras páginas usa "el mismo" como anafórico. ¡Casi muero de odio paraelortográfico!

Matemática - La otra gran deuda. "La pesada herencia" de creer que esta era una materia que no servía para nada.
Acá me ves, tratando de recordar cómo cuernos se prevé cómo será el dibujo de una función cuadrática con sólo saber los valores de a, b y c en la ecuación (x) = ax² + bx + c
No puede ser que no recuerde qué grupo de números era Q, R, N, Z... Cada vez que pienso en esta materia me enojo con mi infinita (casi tan infinita como dividir por cero, jo jo jo) boludez quinceañera.

Música - Retomé en el verano clases de guitarra con mi mejor amigo, L. L. Por el momento las dejé por no tener a mano una guitarra eléctrica, pero otra de las grandes cosas sucedidas en julio fue el reencuentro con G. G., quien fuera mi profesor de guitarra cuando cursaba yo el secundario, que me ofreció prestarme una viola eléctrica... Cuando se resuelva eso, retomaré el estudio de la música. El objetivo es leer partituras, no sacar canciones de Demigod. Bueno, más o menos, tal vez son las dos cosas...

Plástica - Otra deuda, crisis, caos, destrucción de la mente, fue el abandono del arte que me hizo quien soy y que es el dibujar. Dejé de hacerlo cuando la crisis psiquiátrica de 2011, y todavía no retomé el hábito de garabatear siempre que tenga un rato libre y una superficie medianamente plana cerca. Muy mal. El año pasado o el anterior conseguí el libro de Betty Edwards, Aprender a dibujar con el lado derecho del cerebro y casi lo retomo, pero "por h o por b", lo volví a dejar. Tengo siempre a mano lápiz, Rotring, tintas y papeles, pero no sé por qué no puedo volver a hacer mis garabatos.
Otro tema es la encuadernación, donde estoy poniendo mucho de mi potencial artesanal. Tal vez ese concentrar los ojos y las manos en una tarea que antes traducía en dibujos hoy sea encuadernar. Pero un cuaderno, por lindo que sea, no dice demasiado de cómo me siento o de qué estoy pensando, como sí decían los dibujos que tan prolijamente me encargué de eliminar de la faz de la Tierra en durante la destartalación del marote a la que me sometió la vida.

Permacultura - Ya fuera del plan de estudios del colegio, este tema con el que me puse en contacto por primera vez en El Bolsón es ahora el centro de lo que quiero hacer, de lo que pienso y de lo que quiero aprender. Todo lo demás se subordina a estas ideas ahora. En su momento, mi verdad revelada eran los textos de John Kricfalusi. Hoy, la permacultura es el camino, la verdad y la vida.

Política en general + Anarquismo en particular - Otro de los temas en los que empecé a incursionar en 2008, 2009... Infinito, también teorías sobre las cuales basar la vida, sentido de la misma...
Me interesan particularmente la historia de los sistemas políticos, por qué no hay ningún lado donde se viva en un "sistema" anarquista completo. Cómo organizarse. El fin del capitalismo. Trabajo placentero. Amor libre.
Todo esto lo plantearon tipos hace más o menos doscientos años. Doscientos años y más también. Cuando hablo de anarquismo me dicen "es utopía". Seguramente a los que estaban en contra de la esclavitud en el siglo XIX les decían que eran utopistas.

Impresión tipográfica - El oficio este es infinito e inagotable. Pienso en cómo hacer para imprimir con mejor registro, cómo cortar papel de maneras ingeniosas, hasta cómo cuernos hacer para hacer punzones y fundir mis propios tipos o cómo hacer para imprimir de una buena vez un libro entero con tipos. Todo parte de lo mismo.

Taquigrafía - Es la última, pero me interesa retomar esta técnica que me pasaron mis abuelos en un viejo cuaderno de apuntes tomados en un curso hace décadas. Escribir más rápido para tomar apuntes en la facultad o desgrabar audio. O simplemente por el placer de aprender a hacer algo complicado y que si nadie lo aprende quedará en el olvido... La historia de mi vida.


* * *

Ya ni sé qué quería decir cuando empecé a escribir esto hace unas horas. Sé que para mí algo valioso tiene pasar las horas de un sábado tipeando, mientras otros beberán sus licores, disfrutarán de los placeres de la carne o dormirán el sueño de los justos. Yo tipeo bolubolu...

domingo, 19 de julio de 2015

El budismo, Hermann Hesse y tal

Hace unos años usaba el blog —y un par de años antes, los foros— para escribir lo que me pasaba por la cabeza. Comentarios sobre lo que estaba leyendo, principalmente. Comentarios sobre lo que pensaba, tratando de descular alguna historia que me partía la cabeza en ese entonces. Diálogos medio «solilóquicos» con otros foreros y blogueros en los que me explayaba sobre lo que me atormentaba o sobre aquello de lo que estaba disfrutando en cierto momento.
Por un tiempo, dejé de hacerlo.
Hace un par de años, limité escritos en ese tono a cuadernos de papel que guardo no sé bien para qué. Pero el blog es distinto. Porque esos cuadernos no los va a leer nadie más que yo, algún psicólogo que me atienda y quizá mi madre cuando yo muera, si es que ella me sobrevive.
Esto no es así. Esto es explosivo. Esto es por lo que murió gente en otras épocas no tan lejanas: escribir algo y que otros lo lean.
Mi maestro de tipografía dice que la imprenta es un arma. La imprenta sería un revólver si se la compara con la espada que era la pluma.
Internet sería algo así como una bomba atómica.
Y es más que una bomba atómica: Esto lo puede leer un flaco en Italia, otro en Nueva Zelanda, una flaca de Chad… En cualquier momento. Si no lo borro, pueden pasar años hasta que alguien esté buscando la biografía de Hesse o quiera comprar un Kindle y le aparezca este mensaje en su lista de resultados de Google.
Es poderoso.

*  *  *

Hace un par de horas —antes de emitir mi sufragio «derrotista y careta» para el próximo jefe de gobierno de mi ciudad—, terminé de leer Siddharta, de Hermann Hesse [libro descargado hace unos días de ePub Libre, un sitio impresionante que descubrí no hace mucho y el cual empecé a usufructuar hace un par de meses con motivo de la compra de un Kindle® (Keyboard WiFi de pantalla de 6 pulgadas, con 3 GB de espacio —como para un par de miles de libros—, usado pero como nuevo, etc.: mi juguete nuevo, un cambiavidas, un parteaguas, un quemacocos {por ejemplo, descargué con un torrent la bibliografía de Philip K. Dick completa en diez minutos. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Bueno: la bibliografía completa de Bradbury, tal vez, o la de Ballard… que también se pueden encontrar por ahí. ¡Dioses! <Aprendí a usar mIRC para descargar libros en inglés, también. La baba.>})].
Siddharta, decía.
Es un libro de Hesse publicado en 1922.
Narra la vida de un tal Siddharta que vive en la India en los tiempos del otro Siddharta, el famoso, Siddharta Gautama, Shakyamuni, EL Buda. O sea, es la historia de un tocayo del Buda histórico que vive en su misma época e incluso lo conoce en persona en el libro. Este Siddharta también alcanzará la iluminación, pero por un camino distinto al del Buda, y sin abrazar su doctrina, sino siguiendo su propio destino.
[Redacción con estilo «contratapa de una edición de veinte pesos».]

Hace unos días hablaba en el colectivo con mi amiga y socia sobre el budismo, que hace un par de años empecé a practicarlo con bastante asiduidad, y le comentaba que la cosa no venía siendo así en el último tiempo.
Y gracias a esa conversación —y a otras circunstancias que no vienen al caso, también—, me reencontré con estas ideas.
Es muy grande para una entrada de un blog, quizá; blog que no lee ni mi madre, en estos tiempos, pero sea, lo digo: hay una extraña tensión, incomodidad, una serie de dudas y contradicciones en el hecho de que alguien como yo —que desde los diez años, después de la primera comunión, rechazó la idea de Dios y de todo lo que tuviera que ver con una religión organizada y se hizo decididamente anti-religioso— se encuentre con que hay una religión que, para empezar, no tiene Dios y que, además, propone un sistema para equilibrarse, ordenarse, automejorarse, comprender el mundo, relacionarse de cierta forma con las personas, completamente distinto a lo que por sus prejuicios de la infancia y rencores de la adolescencia esperaba de una religión. Sistema que vino a servirle a uno de sostén en un mal momento —si no el peor de la vida— y que cuando se lo enfrenta, después de un tiempo de dejarlo un poco de lado, con uno ya repuesto de aquel mal momento, asusta por lo poderoso que lo hace sentir.

Para muestras, no basta sino que más bien sobra un botón (de pánico) [es del último capítulo del libro: SPOILER ALERT]:
    […] —Antes de continuar mi camino, Siddharta, permíteme una pregunta. ¿Tienes una doctrina? ¿Tienes una fe o una creencia que sigues, que te ayuda a vivir y a obrar bien?
     Siddharta declaró:
     —Tú ya sabes, amigo, que de joven, cuando vivía con los ascetas, en el bosque, llegué a creer que debía desconfiar de las doctrinas y los profesores, y darles la espalda. No he cambiado de opinión.
     »No obstante, he tenido muchos otros maestros desde entonces. Incluso una bella cortesana fue mi instructora por un largo tiempo, así como un rico comerciante y unos jugadores de dados. También lo ha sido en una ocasión un discípulo de Buda; estaba sentado a mi lado, en el bosque, cuando yo me había adormecido en mi peregrinar. También aprendí de él, y le estoy agradecido, de veras. Sin embargo, de quien aprendí más fue de este río y de mi antecesor, el barquero Vasudeva. Era una persona muy sencilla; no se trataba de ningún filósofo, y sin embargo, sabía tanto como Gotama: era perfecto, un santo.
     Govinda exclamó:
     —¡Me parece, Siddharta, que todavía te gusta la burla! Te creo y sé que no has seguido a ningún profesor. ¿Pero, acaso no has encontrado tú mismo esta doctrina, con algunos razonamientos o conocimientos tuyos, que te ayuden a vivir? Si quisieras decirme alguna de esas teorías, alegrarías mi corazón.
     Siddharta repuso:
     —He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mí cómo se percibe la vida en el corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, esta es una de las cuestiones que he descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar, siempre suena a simpleza.
     —¿Bromeas? —inquirió Govinda.
     —No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era lo que ya de joven pretendía, y lo que me apartó de los profesores.
     »He encontrado otra idea que tú, Govinda, seguramente tomarás por broma o chifladura, pero, en realidad, se trata de mi mejor pensamiento. Es este: ¡Lo contrario a cada verdad es igual de auténtico! O sea: una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con palabras; todo lo unilateral, todo lo mediocre, todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad.
     »Cuando el venerable Gotama enseñaba el mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en samsara y nirvana en ilusión y verdad, en sufrimiento y redención. No es posible otra forma para el que desea enseñar. No obstante, el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo samsara o del todo nirvana, nunca un ser es completamente santo o pecador. Nos parece que es así porque nos hacemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda, lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión.
     —¿Qué quieres decir? —preguntó Govinda angustiado.
     —¡Escucha bien, amigo, escucha bien! El pecador, que lo somos tú y yo, es pecador, pero algún día volverá a ser Brahma, llegará a nirvana, será buda…, y ahora fíjate bien: ese «algún» es una ilusión. ¡Es sólo metáfora! El pecador no está en camino hacia el budismo, no se encuentra en un desarrollo, aunque no nos lo podemos imaginar de otra forma. No; en el pecador, ahora y hoy, ya está presente el buda futuro, todo su futuro, en él, en ti, en todo se debe respetar el posible buda escondido.
     »El mundo, amigo Govinda, no es imperfecto, ni se encuentra en un camino lento hacia la perfección. No; él es perfecto en cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón, todos los lactantes, la muerte; todos los moribundos, la vida eterna. Ningún ser humano es capaz de ver en el otro en qué situación se halla dentro de su camino: en el ladrón y en el jugador espera el buda, en el brahmán espera el ladrón.
     »En la profunda meditación existe la posibilidad de anular el tiempo, de ver toda la vida pasada, presente y futura a la vez, y entonces todo es bueno, perfecto: es brahma. Por ello, lo que existe me parece bueno; creo que todo debe ser así, tanto la muerte como la vida, el pecado o la santidad, la inteligencia o la necedad; todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme.
     »He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no compararlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es y amarlo y vivirlo a gusto.
     »Estas son, Govinda, algunas de las ideas que se me han ocurrido.
     Siddharta se inclinó, levantó una piedra del suelo y la sopesó en la mano.
     —Esto —declaró mientras jugaba—, es una piedra, y dentro de un tiempo quizá sea polvo de la tierra, y de la tierra pasará a ser una planta, o animal o un ser humano. En otro tiempo hubiera dicho: «Esta piedra sólo es piedra, no tiene valor, pertenece al mundo de Maja; pero como en el circuito de las transformaciones también puede llegar a ser un ente humano y un espíritu, por ello le doy valor». Así, quizás, hubiera pensado antes. Pero ahora razono: esta piedra es una piedra, también un animal, también un dios, también un buda; no la venero ni amo porque algún día pueda llegar a ser esto o lo otro, sino porque todo esto lo es desde hace tiempo, desde siempre. Y, precisamente, esto que ahora se me presenta como una piedra, que ahora y hoy veo que es una piedra, justamente por ello la amo y le doy un valor y un sentido en cada una de sus líneas y huecos, en el amarillo, en el gris, en la dureza, en el sonido que produce cuando la golpeo, en la sequedad o humedad de su superficie.
     »Hay piedras que al tocarlas parecen aceite o jabón, y otras semejan hojas o arena, y cada una es diferente y roza el Om a su manera; cada una es Brahma, pero a la vez es una piedra, está grasienta o jabonosa, y precisamente esto es lo que me gusta y me parece maravilloso y digno de adoración.
     »Pero no me hagas hablar más sobre todo ello. Las palabras no son buenas para el sentido secreto; en cuanto se pronuncia algo ya cambia un poquito, se lo falsifica…, sí, y también esto es muy bueno y me gusta asimismo, estoy muy de acuerdo que lo que es tesoro y sabiduría de una persona, parezca a otra una locura.
     Govinda escuchaba en silencio.
     —¿Por qué me has dicho lo de la piedra? —preguntó vacilante, tras una pausa.
     —Lo dije con intención. O quizás he querido declarar que amo precisamente a la piedra y al río, a esas cosas que contemplamos y de las que podemos aprender. Govinda, puedo amar a una piedra, a un árbol o a su corteza. Son objetos que pueden amarse. Pero no a las palabras. Por ello, las doctrinas no me sirven, no tienen dureza, ni blandura, no poseen colores, ni cantos, ni olor, ni sabor, no encierran más que palabras. Acaso sea eso lo que te impide encontrar la paz, quizá sean tantas palabras. También redención y virtud, lo mismo que samsara y nirvana son sólo palabras, Govinda. Fuera del nirvana no existe nada más: únicamente palpita el vocablo nirvana.
     Govinda exclamó:
     —Amigo, nirvana no es tan sólo un término. Nirvana es un pensamiento.
     Siddharta continuó:
     —Un pensamiento, puede ser así. Amigo, he de hacerte una confesión: no me gusta diferenciar mucho entre pensamientos y palabras. Para serte sincero, tampoco soy partidario de las teorías. Me gustan más los objetos. Aquí, en esta barca, por ejemplo, mi antecesor fue un hombre, un santo que durante muchos años creyó simplemente en el río, en nada más. Notó él que la voz del río le hablaba; de ella aprendió, pues el agua le educó y enseñó; el río le parecía un dios. Durante muchos años ignoró que todo viento, nube, pájaro o escarabajo, es igual de divino, y sabe tanto que también puede enseñar como el río. No obstante, cuando ese santo se marchó a los bosques, lo sabía todo, más que tú y yo, y sin profesor, ni libros; únicamente porque había creído en el río.
     Govinda replicó:
     —Pero, lo que tú llamas «objeto», ¿es realmente algo que tiene sustancia? ¿No se trata sólo de un engaño de Maja: únicamente imagen y apariencia? Tu piedra, tu árbol, tu río…, ¿son realidades?
     —Tampoco eso me preocupa mucho —repuso Siddharta—. ¡Qué más da que las cosas sean engaños o no! Y si lo son, también yo lo seré entonces, y de ese modo nunca me importará. Este es el motivo que me obliga a tenerles tanto aprecio y veneración: son mis semejantes. Por ello puedo amarlos.
     »Y ahora voy a exponerte una teoría de la que te vas a reír: el amor, Govinda, me parece que es lo más importante que existe. Penetrar en el mundo, explicarlo y despreciarlo, puede ser cuestión de interés para los grandes filósofos. Pero para mí, únicamente me interesa el poder amar a ese mundo, no despreciarlo; no odiarlo ni aborrecerme a mí mismo; a mí sólo me atrae la contemplación del mundo y de mí mismo, y de todos los seres, con amor, admiración y respeto. —Eso sí que lo comprendo —interrumpió Govinda—. Pero precisamente fue este punto lo que el majestuoso reconoció como engaño. Gotama ordena benevolencia, respeto, compasión, tolerancia, pero no amor; nos prohibió atar a nuestro corazón en el amor hacia lo terrenal.
     —Lo sé —repuso Siddharta. Y su sonrisa tenía un brillo dorado—. Lo sé, Govinda. Y mira, ya nos encontramos en medio de la espesura de las opiniones, en la discusión por palabras. No puedo negarlo: mis palabras sobre el amor contradicen, mejor dicho, parece que contradicen a las palabras de Gotama. Esa es la causa que me hace desconfiar de los términos, pues sé que esta contradicción es un engaño. Sé que estoy de acuerdo con Gotama. ¡Es imposible que el majestuoso no conozca el amor! ¡Él, que ha llegado a conocer todo lo humano en su carácter transitorio y vanidoso, y que a pesar de ello amó tanto a los seres humanos! ¡Él, que empleo toda su larga y penosa vida únicamente para ayudarles, para enseñarles!
     »También en Gotama, tu maestro, prefiero sus hechos antes que sus palabras. Sus actos y su vida me parecen más importantes que sus oraciones, el gesto de su mano es más interesante que sus opiniones. No veo su grandeza en el hablar, ni en el pensar, sino en sus obras y su existencia. […] 
*  *  *
Destaco algo de este reencuentro con el budismo gracias a Hermann Hesse: Ya otros libros de Hesse me habían llegado en momentos importantes de la vida y me habían impactado profundamente.
El lobo estepario, por ejemplo, que leí por primera vez al terminar la secundaria y por segunda en mis ratos libres cuando trabajaba de casero en un hostel de El Bolsón en 2009, a los 26 años. Dos épocas en las que estaba cuestionando todo y quería, como dice en algún lado de ese libro, «hacer saltar el mundo por los aires».
O Narciso y Goldmundo, que también leí en el Sur, después de dejar el trabajo en el hostel, a principios de 2010, mientras paraba en una carpa en casa de unos amigos y me preguntaba qué sería de mi vida al día siguiente.
O Demián, que leí cuando estaba haciéndome amigo de un flaco muy particular, durante los primeros meses de 2010, también.

Quiero mucho a este autor.