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martes, 15 de diciembre de 2015

Un millón de años

Me imagino el mundo dentro de un millón de años (en parte gracias a Kurt Vonnegut, que estoy leyendo Galápagos, pero es algo que hago desde que tengo diez años, más o menos, cuando me enteré de que los dinosaurios habían desaparecido hace más de 65 millones de años), cuando no quede de nosotros ni una sola señal de que alguna vez existimos, ni una alambrada, ni una represa en un río, ni una autopista, ni una herramienta oxidándose; nada: ni un pedacito de lo más grande que haya hecho la humanidad, ni una partícula de las pirámides de Egipto, pongamos por caso.
Cuando todos nuestros problemas tan terribles no le importen absolutamente a nadie. (A nadie más que a paleontólogos que profanen nuestras tumbas y se pregunten si teníamos sangre fría o caliente y piensen que tal vez nos morimos de puros giles que no supimos qué hacer con un meteorito, claro.)

//////// Esto no significa nada más que lo que dice. No hay segundas lecturas. ////////

Es parecido a lo que pienso cuando miro a los gatos a los ojos. ¡Cómo deseo (deseo en indicativo, que no "desearía" sino que efectivamente deseo) poder vivir como un gato, dormir cuando pinte, comer cuando tenga hambre, que no me entre en la cabeza ni el asomo de una idea, ni menos de un lenguaje, ser puras sensaciones!
(Kurt Vonnegut también habla de eso en Galápagos: está narrada por un fantasma de un hombre que murió en la década de 1980 y que vio cómo la humanidad evolucionó dejando atrás su mayor deformidad: el cerebro demasiado grande…)

Para pensar... ;)

jueves, 12 de noviembre de 2015

Libros digitales

Hace poco conseguí un kindle®, y al poco tiempo encontré un par de maneras de conseguir libros digitales en formatos compatibles con e-readers y tablets (principalmente ¡pirateados!, ¡qué chancho!), maneras bastante mejores que las que usaba antes, que descargaba .doc o .pdf y trataba de leerlos del monitor (puaj).

Empecé con los sitios de descarga de torrents (kickass.to, torrentz.eu, etc.), que son buenos especialmente para películas, series y música, juegos y programas, sí, pero que, a mi entender, con el tema ebooks se quedan un poco flojos. Es complicado encontrar un libro suelto, suelen subir bundles con un par de miles de libros (y andá a encontrar el que querés), o muchos de los libros que busqué sólo aparecen como audiolibros.
Y prácticamente todos están en inglés, si eso es un problema. (Quizá no. Personalmente, me gusta leer libros en inglés si están escritos originalmente en inglés, pero el problema es que por esos sitios encontrar un libro cuyo idioma original sea el español y que estén en español… ahí sí, eso sí que es un problema.)

Soluciones

 A la pipeta

1) Para descargar libros en inglés

 A la pipeta

a) En el dominio público

A la pipeta
- El proyecto Gutenberg
El sitio para descargar libros clásicos digitalizados.
Los entregan en múltiples formatos (.mobi, .epub, .html, .txt, audiolibros, etc.).
Hay mayoría en inglés, pero encontrás algunos en español, francés, italiano…

- Biblioteca digital de la Universidad de Adelaide, de Australia
Similar al Gutenberg, incluso tienen algunos libros en su catálogo que sencillamente linkean a los de Gutenberg, pero hay muchos más que no están en ese otro sitio.
A la pipeta

b) Pirateados

A la pipeta
- Guía para descargar libros con mIRC
Usando mIRC u otro servicio de chat IRC se pueden conseguir las novedades (y antigüedades) de habla inglesa en un tris.
No debe ser tan complicado encontrar en otros idiomas, pero por el momento me engolosiné con conseguir todo lo que se me ocurre buscar de ciencia ficción, por ejemplo.
A la pipeta

2) Para descargar libros en español

A la pipeta

a) Pirateados (con mucho amor y poco Scioli)

A la pipeta
- ePub Libre
Una comunidad de editores amateur haciendo historia: digitalizan libros en papel y los pasan a .epub, con una calidad de "alta" para arriba. Gente que lee el libro que está editando. Ya es más que lo que hacen ciertas "so called editoriales".

-Torrent con 6000 y pico de libros

Creo que eso sería todo por ahora. Salud.

domingo, 19 de julio de 2015

El budismo, Hermann Hesse y tal

Hace unos años usaba el blog —y un par de años antes, los foros— para escribir lo que me pasaba por la cabeza. Comentarios sobre lo que estaba leyendo, principalmente. Comentarios sobre lo que pensaba, tratando de descular alguna historia que me partía la cabeza en ese entonces. Diálogos medio «solilóquicos» con otros foreros y blogueros en los que me explayaba sobre lo que me atormentaba o sobre aquello de lo que estaba disfrutando en cierto momento.
Por un tiempo, dejé de hacerlo.
Hace un par de años, limité escritos en ese tono a cuadernos de papel que guardo no sé bien para qué. Pero el blog es distinto. Porque esos cuadernos no los va a leer nadie más que yo, algún psicólogo que me atienda y quizá mi madre cuando yo muera, si es que ella me sobrevive.
Esto no es así. Esto es explosivo. Esto es por lo que murió gente en otras épocas no tan lejanas: escribir algo y que otros lo lean.
Mi maestro de tipografía dice que la imprenta es un arma. La imprenta sería un revólver si se la compara con la espada que era la pluma.
Internet sería algo así como una bomba atómica.
Y es más que una bomba atómica: Esto lo puede leer un flaco en Italia, otro en Nueva Zelanda, una flaca de Chad… En cualquier momento. Si no lo borro, pueden pasar años hasta que alguien esté buscando la biografía de Hesse o quiera comprar un Kindle y le aparezca este mensaje en su lista de resultados de Google.
Es poderoso.

*  *  *

Hace un par de horas —antes de emitir mi sufragio «derrotista y careta» para el próximo jefe de gobierno de mi ciudad—, terminé de leer Siddharta, de Hermann Hesse [libro descargado hace unos días de ePub Libre, un sitio impresionante que descubrí no hace mucho y el cual empecé a usufructuar hace un par de meses con motivo de la compra de un Kindle® (Keyboard WiFi de pantalla de 6 pulgadas, con 3 GB de espacio —como para un par de miles de libros—, usado pero como nuevo, etc.: mi juguete nuevo, un cambiavidas, un parteaguas, un quemacocos {por ejemplo, descargué con un torrent la bibliografía de Philip K. Dick completa en diez minutos. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Bueno: la bibliografía completa de Bradbury, tal vez, o la de Ballard… que también se pueden encontrar por ahí. ¡Dioses! <Aprendí a usar mIRC para descargar libros en inglés, también. La baba.>})].
Siddharta, decía.
Es un libro de Hesse publicado en 1922.
Narra la vida de un tal Siddharta que vive en la India en los tiempos del otro Siddharta, el famoso, Siddharta Gautama, Shakyamuni, EL Buda. O sea, es la historia de un tocayo del Buda histórico que vive en su misma época e incluso lo conoce en persona en el libro. Este Siddharta también alcanzará la iluminación, pero por un camino distinto al del Buda, y sin abrazar su doctrina, sino siguiendo su propio destino.
[Redacción con estilo «contratapa de una edición de veinte pesos».]

Hace unos días hablaba en el colectivo con mi amiga y socia sobre el budismo, que hace un par de años empecé a practicarlo con bastante asiduidad, y le comentaba que la cosa no venía siendo así en el último tiempo.
Y gracias a esa conversación —y a otras circunstancias que no vienen al caso, también—, me reencontré con estas ideas.
Es muy grande para una entrada de un blog, quizá; blog que no lee ni mi madre, en estos tiempos, pero sea, lo digo: hay una extraña tensión, incomodidad, una serie de dudas y contradicciones en el hecho de que alguien como yo —que desde los diez años, después de la primera comunión, rechazó la idea de Dios y de todo lo que tuviera que ver con una religión organizada y se hizo decididamente anti-religioso— se encuentre con que hay una religión que, para empezar, no tiene Dios y que, además, propone un sistema para equilibrarse, ordenarse, automejorarse, comprender el mundo, relacionarse de cierta forma con las personas, completamente distinto a lo que por sus prejuicios de la infancia y rencores de la adolescencia esperaba de una religión. Sistema que vino a servirle a uno de sostén en un mal momento —si no el peor de la vida— y que cuando se lo enfrenta, después de un tiempo de dejarlo un poco de lado, con uno ya repuesto de aquel mal momento, asusta por lo poderoso que lo hace sentir.

Para muestras, no basta sino que más bien sobra un botón (de pánico) [es del último capítulo del libro: SPOILER ALERT]:
    […] —Antes de continuar mi camino, Siddharta, permíteme una pregunta. ¿Tienes una doctrina? ¿Tienes una fe o una creencia que sigues, que te ayuda a vivir y a obrar bien?
     Siddharta declaró:
     —Tú ya sabes, amigo, que de joven, cuando vivía con los ascetas, en el bosque, llegué a creer que debía desconfiar de las doctrinas y los profesores, y darles la espalda. No he cambiado de opinión.
     »No obstante, he tenido muchos otros maestros desde entonces. Incluso una bella cortesana fue mi instructora por un largo tiempo, así como un rico comerciante y unos jugadores de dados. También lo ha sido en una ocasión un discípulo de Buda; estaba sentado a mi lado, en el bosque, cuando yo me había adormecido en mi peregrinar. También aprendí de él, y le estoy agradecido, de veras. Sin embargo, de quien aprendí más fue de este río y de mi antecesor, el barquero Vasudeva. Era una persona muy sencilla; no se trataba de ningún filósofo, y sin embargo, sabía tanto como Gotama: era perfecto, un santo.
     Govinda exclamó:
     —¡Me parece, Siddharta, que todavía te gusta la burla! Te creo y sé que no has seguido a ningún profesor. ¿Pero, acaso no has encontrado tú mismo esta doctrina, con algunos razonamientos o conocimientos tuyos, que te ayuden a vivir? Si quisieras decirme alguna de esas teorías, alegrarías mi corazón.
     Siddharta repuso:
     —He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mí cómo se percibe la vida en el corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, esta es una de las cuestiones que he descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar, siempre suena a simpleza.
     —¿Bromeas? —inquirió Govinda.
     —No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era lo que ya de joven pretendía, y lo que me apartó de los profesores.
     »He encontrado otra idea que tú, Govinda, seguramente tomarás por broma o chifladura, pero, en realidad, se trata de mi mejor pensamiento. Es este: ¡Lo contrario a cada verdad es igual de auténtico! O sea: una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con palabras; todo lo unilateral, todo lo mediocre, todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad.
     »Cuando el venerable Gotama enseñaba el mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en samsara y nirvana en ilusión y verdad, en sufrimiento y redención. No es posible otra forma para el que desea enseñar. No obstante, el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo samsara o del todo nirvana, nunca un ser es completamente santo o pecador. Nos parece que es así porque nos hacemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda, lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión.
     —¿Qué quieres decir? —preguntó Govinda angustiado.
     —¡Escucha bien, amigo, escucha bien! El pecador, que lo somos tú y yo, es pecador, pero algún día volverá a ser Brahma, llegará a nirvana, será buda…, y ahora fíjate bien: ese «algún» es una ilusión. ¡Es sólo metáfora! El pecador no está en camino hacia el budismo, no se encuentra en un desarrollo, aunque no nos lo podemos imaginar de otra forma. No; en el pecador, ahora y hoy, ya está presente el buda futuro, todo su futuro, en él, en ti, en todo se debe respetar el posible buda escondido.
     »El mundo, amigo Govinda, no es imperfecto, ni se encuentra en un camino lento hacia la perfección. No; él es perfecto en cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón, todos los lactantes, la muerte; todos los moribundos, la vida eterna. Ningún ser humano es capaz de ver en el otro en qué situación se halla dentro de su camino: en el ladrón y en el jugador espera el buda, en el brahmán espera el ladrón.
     »En la profunda meditación existe la posibilidad de anular el tiempo, de ver toda la vida pasada, presente y futura a la vez, y entonces todo es bueno, perfecto: es brahma. Por ello, lo que existe me parece bueno; creo que todo debe ser así, tanto la muerte como la vida, el pecado o la santidad, la inteligencia o la necedad; todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme.
     »He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no compararlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es y amarlo y vivirlo a gusto.
     »Estas son, Govinda, algunas de las ideas que se me han ocurrido.
     Siddharta se inclinó, levantó una piedra del suelo y la sopesó en la mano.
     —Esto —declaró mientras jugaba—, es una piedra, y dentro de un tiempo quizá sea polvo de la tierra, y de la tierra pasará a ser una planta, o animal o un ser humano. En otro tiempo hubiera dicho: «Esta piedra sólo es piedra, no tiene valor, pertenece al mundo de Maja; pero como en el circuito de las transformaciones también puede llegar a ser un ente humano y un espíritu, por ello le doy valor». Así, quizás, hubiera pensado antes. Pero ahora razono: esta piedra es una piedra, también un animal, también un dios, también un buda; no la venero ni amo porque algún día pueda llegar a ser esto o lo otro, sino porque todo esto lo es desde hace tiempo, desde siempre. Y, precisamente, esto que ahora se me presenta como una piedra, que ahora y hoy veo que es una piedra, justamente por ello la amo y le doy un valor y un sentido en cada una de sus líneas y huecos, en el amarillo, en el gris, en la dureza, en el sonido que produce cuando la golpeo, en la sequedad o humedad de su superficie.
     »Hay piedras que al tocarlas parecen aceite o jabón, y otras semejan hojas o arena, y cada una es diferente y roza el Om a su manera; cada una es Brahma, pero a la vez es una piedra, está grasienta o jabonosa, y precisamente esto es lo que me gusta y me parece maravilloso y digno de adoración.
     »Pero no me hagas hablar más sobre todo ello. Las palabras no son buenas para el sentido secreto; en cuanto se pronuncia algo ya cambia un poquito, se lo falsifica…, sí, y también esto es muy bueno y me gusta asimismo, estoy muy de acuerdo que lo que es tesoro y sabiduría de una persona, parezca a otra una locura.
     Govinda escuchaba en silencio.
     —¿Por qué me has dicho lo de la piedra? —preguntó vacilante, tras una pausa.
     —Lo dije con intención. O quizás he querido declarar que amo precisamente a la piedra y al río, a esas cosas que contemplamos y de las que podemos aprender. Govinda, puedo amar a una piedra, a un árbol o a su corteza. Son objetos que pueden amarse. Pero no a las palabras. Por ello, las doctrinas no me sirven, no tienen dureza, ni blandura, no poseen colores, ni cantos, ni olor, ni sabor, no encierran más que palabras. Acaso sea eso lo que te impide encontrar la paz, quizá sean tantas palabras. También redención y virtud, lo mismo que samsara y nirvana son sólo palabras, Govinda. Fuera del nirvana no existe nada más: únicamente palpita el vocablo nirvana.
     Govinda exclamó:
     —Amigo, nirvana no es tan sólo un término. Nirvana es un pensamiento.
     Siddharta continuó:
     —Un pensamiento, puede ser así. Amigo, he de hacerte una confesión: no me gusta diferenciar mucho entre pensamientos y palabras. Para serte sincero, tampoco soy partidario de las teorías. Me gustan más los objetos. Aquí, en esta barca, por ejemplo, mi antecesor fue un hombre, un santo que durante muchos años creyó simplemente en el río, en nada más. Notó él que la voz del río le hablaba; de ella aprendió, pues el agua le educó y enseñó; el río le parecía un dios. Durante muchos años ignoró que todo viento, nube, pájaro o escarabajo, es igual de divino, y sabe tanto que también puede enseñar como el río. No obstante, cuando ese santo se marchó a los bosques, lo sabía todo, más que tú y yo, y sin profesor, ni libros; únicamente porque había creído en el río.
     Govinda replicó:
     —Pero, lo que tú llamas «objeto», ¿es realmente algo que tiene sustancia? ¿No se trata sólo de un engaño de Maja: únicamente imagen y apariencia? Tu piedra, tu árbol, tu río…, ¿son realidades?
     —Tampoco eso me preocupa mucho —repuso Siddharta—. ¡Qué más da que las cosas sean engaños o no! Y si lo son, también yo lo seré entonces, y de ese modo nunca me importará. Este es el motivo que me obliga a tenerles tanto aprecio y veneración: son mis semejantes. Por ello puedo amarlos.
     »Y ahora voy a exponerte una teoría de la que te vas a reír: el amor, Govinda, me parece que es lo más importante que existe. Penetrar en el mundo, explicarlo y despreciarlo, puede ser cuestión de interés para los grandes filósofos. Pero para mí, únicamente me interesa el poder amar a ese mundo, no despreciarlo; no odiarlo ni aborrecerme a mí mismo; a mí sólo me atrae la contemplación del mundo y de mí mismo, y de todos los seres, con amor, admiración y respeto. —Eso sí que lo comprendo —interrumpió Govinda—. Pero precisamente fue este punto lo que el majestuoso reconoció como engaño. Gotama ordena benevolencia, respeto, compasión, tolerancia, pero no amor; nos prohibió atar a nuestro corazón en el amor hacia lo terrenal.
     —Lo sé —repuso Siddharta. Y su sonrisa tenía un brillo dorado—. Lo sé, Govinda. Y mira, ya nos encontramos en medio de la espesura de las opiniones, en la discusión por palabras. No puedo negarlo: mis palabras sobre el amor contradicen, mejor dicho, parece que contradicen a las palabras de Gotama. Esa es la causa que me hace desconfiar de los términos, pues sé que esta contradicción es un engaño. Sé que estoy de acuerdo con Gotama. ¡Es imposible que el majestuoso no conozca el amor! ¡Él, que ha llegado a conocer todo lo humano en su carácter transitorio y vanidoso, y que a pesar de ello amó tanto a los seres humanos! ¡Él, que empleo toda su larga y penosa vida únicamente para ayudarles, para enseñarles!
     »También en Gotama, tu maestro, prefiero sus hechos antes que sus palabras. Sus actos y su vida me parecen más importantes que sus oraciones, el gesto de su mano es más interesante que sus opiniones. No veo su grandeza en el hablar, ni en el pensar, sino en sus obras y su existencia. […] 
*  *  *
Destaco algo de este reencuentro con el budismo gracias a Hermann Hesse: Ya otros libros de Hesse me habían llegado en momentos importantes de la vida y me habían impactado profundamente.
El lobo estepario, por ejemplo, que leí por primera vez al terminar la secundaria y por segunda en mis ratos libres cuando trabajaba de casero en un hostel de El Bolsón en 2009, a los 26 años. Dos épocas en las que estaba cuestionando todo y quería, como dice en algún lado de ese libro, «hacer saltar el mundo por los aires».
O Narciso y Goldmundo, que también leí en el Sur, después de dejar el trabajo en el hostel, a principios de 2010, mientras paraba en una carpa en casa de unos amigos y me preguntaba qué sería de mi vida al día siguiente.
O Demián, que leí cuando estaba haciéndome amigo de un flaco muy particular, durante los primeros meses de 2010, también.

Quiero mucho a este autor.

martes, 2 de junio de 2015

Desventuras literario-culturales IV

El libro de Mario Vargas Llosa que había encontrado en Puán ya está nuevamente en manos de su legítima propietaria, que pasó el martes a buscarlo por la clase en la que estaba. «Me cache…». Se retiró sin más.
- Fin de la desventura vargasllosiana -

jueves, 14 de mayo de 2015

Desventuras literarias I

Hace mucho que no publico nada por acá, pero puedo usar el botón «programar» y nadie se da cuenta, jo jo jo. 
Mejor así, quizá. No publicar tanto y listo. (La vida pasa por otro lado, digo, me parece.)

Ayer me encontré abandonado un libro abajo de una silla en Puán. 
No digo cuál es porque puede aparecer el dueño y se cumpliría de nuevo lo de «easy comes, easy goes…», jo jo jo.

Pista: es de un autor de quien ya tengo un libro que nunca leí. De modo que ahora son dos libros que quizá nunca lea. ¿Será el destino de este autor quedar «obliterado» bajo el polvo en mi pequeña y abarrotada bibliotequita? Quizá sí, porque parece ser que fue (o es; ja ja ja, cuánto misterio) un culeado que escribía cosillas muy izquierdosas pero a quien hacia el final de su vida «se le notó la marca de la gorra».
Era de Vargas Llosa.

jueves, 26 de marzo de 2015

Literatura

Ayer me encontré con un ex compañero de la carrera de Edición, después de un par de años sin verlo y después de varios meses de hablar con él sólo por facebook diciendo «algún día tendríamos que vernos». Bueno, por fin lo hicimos anoche. Estuvimos comiendo unas empanaditas y charlando acerca de la facultad, de los trabajos en el mundillo de la edición de textos, que él hace un par de años ya se recibió, etc. Cuando terminamos la cena, ya tarde, nos dimos cuenta de que teníamos que tomar el mismo colectivo para volver a nuestras casas. Seguimos charlando en el viaje y, faltando pocas cuadras para que me bajara, me pregunta: «¿Y estás leyendo o leíste algo de literatura últimamente como para recomendar?». Y empecé a retroceder en mi lista mental de libros que estoy leyendo, para encontrarme con que hace bastante que no estoy leyendo «alta literatura». Mucha ciencia ficción, libros técnicos, libros sobre anarquismo, sobre budismo, también, pero literatura «pura y dura», nada.
¿Y ahora?
Y… Ahora quiero leer algo de «alta literatura», pero de un autor del que no haya leído antes. Pero me pregunto cómo evitar mezclarlo con todo lo que estoy tratando de leer ahora mismo, que ya leer a Terry Pratchett y a George R. R. Martin al mismo tiempo es bastante parecido a un pot-pourri.

Bueno, podrían ser unos cuentos.

¿Cortázar? ¿Borges?
Es que, sí, me encantan, pero me dan la sensación de «figurita repetida».

Mexicanos.
¿Juan José Arreola?
¿Juan Rulfo?

Franceses.
¿Guy de Maupassant?

Estadounidenses o ingleses.
¿Ambrose Bierce?
¿H. P. Lovecraft?
En idioma original sería mejor.

Argentinos que no tengo tan leídos.
¿Ricardo Piglia?
¿Roberto Arlt?
(Rioplatense) ¿Horacio Quiroga?

¿Cuentos clásicos?
¿Los hermanos Grimm?
¿Hans Christian Andersen?
¿Las mil y una noches, que tengo la edición de Edhasa basada en la francesa?

Ufff.
Hay tanto, tanto, tanto por delante.