martes, 2 de junio de 2015

Desventuras literario-culturales IV

El libro de Mario Vargas Llosa que había encontrado en Puán ya está nuevamente en manos de su legítima propietaria, que pasó el martes a buscarlo por la clase en la que estaba. «Me cache…». Se retiró sin más.
- Fin de la desventura vargasllosiana -

lunes, 25 de mayo de 2015

Desventuras literario-culturales III

Hace rato vengo cuestionándome mis intereses. 
Me está preocupando sobremanera el hecho de poder traer a la mente sin problemas la ubicación exacta en un mapa de alguna de las islas de Terramar, o poder recitar la genealogía de algunas casas de Tolkien, pero no saber ni siquiera ubicar en una línea de tiempo los nombres de más de cinco o seis presidentes argentinos (o sea, los que recuerdo por haber estado bajo su gobierno y dos o tres más, como Perón e Yrigoyen). ¿Dónde estuve todos estos años?

Con los libros de George R. R. Martin se acrecentó este malestar, porque noto a cada página que leo que mi ñoñez se está potenciando a niveles que ni imaginaba que iba a ser capaz de alcanzar. 

Festejo patrióticamente el día de la Revolución de Mayo así: 
Me despierto alrededor de las nueve y media, pero no me prendo una escarapela en el pecho, ni como un pastelito siquiera. —No desayuno nada, realmente, de puro ansioso por lo que sé que puede llegar a venir—. Me armo una pila de almohadas, me arrebujo en las mantas —por fin llegó el fresco—, y abro el libro que dejé sin terminar anoche (mitad por sueño después de unos días ajetreados y muy activos, y mitad para no irme a dormir sabiendo el final de la historia, que sabía que me iba a dejar más cebado y me iba a hacer más difícil dormir saber el final que no saberlo). 
Así festejo el 25 de Mayo: No sin mucha culpa descubro cada día de la Semana de Mayo —y de las otras— que no tengo idea de quién cuernos era el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, ni mucho menos qué pito tocaban Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, Castelli, Azcuénaga, Alberti, Matheu ni Larrea, pero el placer y el fervor que siento cuando me aprendo de memoria las gestas de los héroes de… los Siete Reinos no puede ni compararse al patriot(er)ismo que me despiertan estas fechas, cuyo nivel en mí se mediría en números negativos.]
Todo esto para decir que llegué hace un par de horas, con grandes esfuerzos (si no me equivoco, tardé dos meses), a terminar Danza de dragones, de George R. R. Martin.
Jorgito Martín es sencillamente un $☣#@|=+&☠
¿Cómo se atreve a dejar todo como lo deja al final?
X moribundo/a.
Y ultrajado/a.
Z, α, β, γ, y δ, a punto de estar a punto de hacer lo que están a punto de hacer desde hace tres libros… 
Quiere hacerme entregar mi ejemplar a las llamas de R'hllor, para ver en los fuegos si avanza la cosa…

* * *

No digo más.
Me voy a ver… ¿la cadena nacional?, ¿un documental sobre la Primera Junta?, ¿fotos del Cabildo bajo la lluvia? ¡No!: el episodio de anoche de la serie de TV, vieja, que encima ya son dos cosas distintas, tan contento que me tenía que hasta la geografía me parecía bien hasta no hacía muchos capítulos (como cuando nombran la isla de Estermont). [Posta que no sé dónde queda Beccar, ni distingo San Justo de González Catán, pero puedo recordar casi sin errores la distribución de los fuertes del Muro de Este a Oeste. Qué mal ando, Dios. Si así está el país, es por personas como yo, seguramente.]

* * *

Pero es cierto que esta vergüenza me está moviendo a empezar, al menos, a preocuparme por no aprender solamente sobre mis ñoñeces, sino a dedicar tiempo a repasar, o a estudiar por primera vez, algunos temas de historia «real» que me despiertan interés. 

Por todo lo expuesto, 

RESUELVO:

Me «desafío», considerando el placer que me surge espontáneamente al aprender de memoria estos datos «inútiles», a tratar de encontrarlo en la lectura de algún «buen» libro de Historia, pero sigo buscándolo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Desventuras literarias II

Recordarán, oh fieles lectores, que hace unos días conté muy orondo que me había encontrado un libro de Mario Vargas Llosa abandonado en Puán.

Bueno, resulta que esta tarde tenía un parcial en la misma aula en la que encontré el libro la semana pasada. Apenas me senté, apareció en la puerta una chica que a viva voz se identificó como la dueña de un libro olvidado en esa misma aula la semana pasada. Uno de Vargas Llosa. Precisamente, La casa verde. Y preguntó si alguien lo había encontrado «hacete el gil, mirá para otro lado, que no se dé cuenta…», porque era un libro que necesitaba para hacer una monografía «diantres» y no iba a poder terminarla «recórcholis», y bueno, que por favor si lo tenían se lo devolvieran; que si no, lo iba a leer en la computadora «con mil demonios».
—Lo tengo yo —le batí. 

Arreglamos para que se lo lleve la semana que viene a la clase.

Así que no llegó ni a juntar un micrómetro de tierra y ya se va de mi bibliotequita.

Adiós, adiós. 

* snif *

jueves, 14 de mayo de 2015

Desventuras literarias I

Hace mucho que no publico nada por acá, pero puedo usar el botón «programar» y nadie se da cuenta, jo jo jo. 
Mejor así, quizá. No publicar tanto y listo. (La vida pasa por otro lado, digo, me parece.)

Ayer me encontré abandonado un libro abajo de una silla en Puán. 
No digo cuál es porque puede aparecer el dueño y se cumpliría de nuevo lo de «easy comes, easy goes…», jo jo jo.

Pista: es de un autor de quien ya tengo un libro que nunca leí. De modo que ahora son dos libros que quizá nunca lea. ¿Será el destino de este autor quedar «obliterado» bajo el polvo en mi pequeña y abarrotada bibliotequita? Quizá sí, porque parece ser que fue (o es; ja ja ja, cuánto misterio) un culeado que escribía cosillas muy izquierdosas pero a quien hacia el final de su vida «se le notó la marca de la gorra».
Era de Vargas Llosa.

jueves, 23 de abril de 2015

Bloguear ya no es lo que era

Oh, la vida.
Al principio, el bloguear fue un pasatiempo.
Después, se convirtió en una urgencia, una necesidad.
Con el tiempo, fue quedando relegado.
Últimamente, casi lo olvido, entre tanto Facebook.
Pero todavía considero que entra en la parte mejor de internet.
Y hoy… Quería copiar y pegar una nota que leí hace un rato en el periódico MU sobre el libro Distancia de rescate de Samanta Schweblin, pero mejor no.

jueves, 2 de abril de 2015

Sobre gustos… (es lo único sobre lo que se ha escrito)

Hace un par de meses que estoy tratando de recuperar libros que fui perdiendo y que «me marcaron» (Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell, o Into the Wild, de Jon Krakauer, por citar dos que se me vienen a la mente ahora). En esa misma tesitura, estoy tratando de completar mi colección de revistas. Quiero leer, leer, leer hasta que se me derritan los ojos, y de paso hacer tsundoku (no es un juego con números, es el nombre japonés de la acción de acumular libros y no leerlos), y que se me caiga una biblioteca encima y me aplaste y así morir feliz.
Ayer conseguí un ejemplar en perfecto estado de El Péndulo número 9, de la segunda época, junio de 1982. [Me faltan la 8 (el ejemplar que tengo está fallado, justo tiene en blanco varias páginas del cuento de Tolkien), la 10 y la 15.]
En facebook estuve hablando un poco sobre qué es literatura y qué no lo es, y sobre si la ciencia ficción debería estar afuera de la «alta literatura».
Conclusión: Yo qué sé.
Pero lo que sí sé es que esto que publicaron en esa revista El Péndulo tiene una ostranenie que ni te cuento:

FIN
El profesor Jones trabajó en la teoría del tiempo durante muchos años.
—Y he encontrado la ecuación clave —informó a su hija, un día—. El tiempo es un campo. Esta máquina que he hecho puede manipular, e incluso invertir, ese campo.
Oprimiendo un botón mientras hablaba, prosiguió:
—Esto debe hacer correr el tiempo hacia hacia tiempo el correr hacer debe esto.
Prosiguió, hablaba mientras botón un oprimiendo.
—Campo ese, invertir incluso e, manipular puede hecho he que máquina esta. Campo un es tiempo el. —día un, hija su a informó— clave ecuación la encontrado he y.
Años muchos durante tiempo del teoría la en trabajó Jones profesor el.
FIN

Es un microrrelato, claramente. Fue escrito por Fredric Brown, de quien me han recomendado sus libros pero todavía «no he tenido el gusto» de hallar ninguno en mis visitas a los parques donde se venden los usados.

lunes, 30 de marzo de 2015

Coming soon

Se viene algo grande, al menos para mí. Algo así:

«★»

Empieza con L y termina con -etterpress.

jueves, 26 de marzo de 2015

Literatura

Ayer me encontré con un ex compañero de la carrera de Edición, después de un par de años sin verlo y después de varios meses de hablar con él sólo por facebook diciendo «algún día tendríamos que vernos». Bueno, por fin lo hicimos anoche. Estuvimos comiendo unas empanaditas y charlando acerca de la facultad, de los trabajos en el mundillo de la edición de textos, que él hace un par de años ya se recibió, etc. Cuando terminamos la cena, ya tarde, nos dimos cuenta de que teníamos que tomar el mismo colectivo para volver a nuestras casas. Seguimos charlando en el viaje y, faltando pocas cuadras para que me bajara, me pregunta: «¿Y estás leyendo o leíste algo de literatura últimamente como para recomendar?». Y empecé a retroceder en mi lista mental de libros que estoy leyendo, para encontrarme con que hace bastante que no estoy leyendo «alta literatura». Mucha ciencia ficción, libros técnicos, libros sobre anarquismo, sobre budismo, también, pero literatura «pura y dura», nada.
¿Y ahora?
Y… Ahora quiero leer algo de «alta literatura», pero de un autor del que no haya leído antes. Pero me pregunto cómo evitar mezclarlo con todo lo que estoy tratando de leer ahora mismo, que ya leer a Terry Pratchett y a George R. R. Martin al mismo tiempo es bastante parecido a un pot-pourri.

Bueno, podrían ser unos cuentos.

¿Cortázar? ¿Borges?
Es que, sí, me encantan, pero me dan la sensación de «figurita repetida».

Mexicanos.
¿Juan José Arreola?
¿Juan Rulfo?

Franceses.
¿Guy de Maupassant?

Estadounidenses o ingleses.
¿Ambrose Bierce?
¿H. P. Lovecraft?
En idioma original sería mejor.

Argentinos que no tengo tan leídos.
¿Ricardo Piglia?
¿Roberto Arlt?
(Rioplatense) ¿Horacio Quiroga?

¿Cuentos clásicos?
¿Los hermanos Grimm?
¿Hans Christian Andersen?
¿Las mil y una noches, que tengo la edición de Edhasa basada en la francesa?

Ufff.
Hay tanto, tanto, tanto por delante.

martes, 24 de marzo de 2015

Alejandro Jodorowsky - I

Alejandro Jodorowsky siempre fue un enigma para mí hasta no hace mucho, cuando empecé a recorrer más en profundidad los laberintos infinitos de internet y me encontré con sus películas en torrents [No sé si se habrá escrito libros sobre el tema, pero opino que los torrents están haciéndole a la cultura popular más o menos lo que produjo la imprenta de tipos móviles en el siglo XV con la cultura en general].

Antes lo conocía sólo de nombre: era el autor de muchas de las historietas que me daban ganas de aprender a hacer historietas en la adolescencia: muchas de las que hizo con Moebius (El Incal, etc.), y otras como Alef-Thau, con dibujos de Arno, y La casta de los metabarones, ilustrada por Juan Giménez…
Incluso estas historietas las leía en pedacitos que aparecían en las revistas Metal Hurlant Cimoc, que me pasaba mi por entonces profesor de historieta. Nunca las había leído completas hasta que empecé con los torrents, tampoco.

El tipo se propuso abrirle la cabeza a la gente a cosas insólitas. 
Tiene algunos aspectos en los que uno no se siente «resonar», es cierto: en sus películas los animales que se mueren, se mueren de verdad. No soy vegano, pero son imágenes fuertes. 
Y ahora está «robando» con la psicomagia, es verdad, que sólo él y su hijo tienen las facultades necesarias para dar charlas sobre el tema y ponerla en práctica.
Pero a pesar de todo eso, o por eso mismo, su obra es algo que no debería pasar desapercibido.
Gracias a los torrents, decía, pude dedicar unas horas de este verano a ver varias de las películas de este autor.
Unas frases sueltas sobre cosas que me impactaron al ver sus primeras tres películas:

Fando y Lis (1968)


Fando y Lis son un hombre que se debate entre ser agresivo o ser tierno y una mujer que no puede caminar. Fando y Lis son novios, y Fando está obligado a arrastrar el carrito en el que ella viaja. Viven en un mundo en ruinas producto de la guerra. Buscan la mágica ciudad de Tar.

Es un película cargada de «golpes de efecto». Desnudos, violaciones, golpes, tullidos. Provocó mucha controversia cuando se estrenó. Pero todo eso no me importa.

Al ver la película quedé maravillado por lo raro. La imagen muestra un momento en el que pasan por un lugar donde entre las ruinas hay una banda tocando jazz. El piano está prendido fuego. Literalmente prendido fuego.

Y otra cosa que me sorprendió y me divirtió mucho fueron los parlamentos. No mucho después de empezar, saltan con unos diálogos increíbles. Uno viene así:

Lis: —Fando, recuerdo que me escribías cartas muy largas cuando estaba en el hospital y me permitías así vanagloriarme de recibir cartas tan largas. Recuerdo también que a menudo, como no tenías nada que contarme, me enviabas mucho papel higiénico para que la carta fuera voluminosa. ¡Qué contenta estaba!

Después, Fando imagina cómo sería la muerte de Lis y le canta una cancioncita que dice «qué bonito es un entierro, con una flor y un perro».

El Topo (1970)

En la segunda película, ya en color, sigue con el tono chocante de violencia contra mujeres y niños, psicodelia, y muchos animales muertos, claro.


El Topo a su hijo, al que poco después abandonará para que lo cuiden unos franciscanos: —Hoy cumples siete años. Ya eres un hombre. Entierra tu primer juguete y el retrato de tu madre.

Cuando El Topo llega a un pueblito en el que asesinaron a todas las personas, empieza a buscar a quien lo haya hecho. Cuando lo encuentra, éste le pregunta:
—¿Quién eres para buscar justicia? 
Y el Topo contesta: 
—Soy Dios.

La montaña sagrada (1973)

Esta es la más surrealista y ambiciosa de las tres. Las imágenes son impresionantes.














viernes, 20 de marzo de 2015

Declaración de principios / Afiliación a un -ismo

El fernandojoseladislaísmo sería una especie de anarco-budismo patagonista, de fuerte raigambre ombliguista egoísto-individualista incoherente.

jueves, 19 de marzo de 2015

Regreso, panorama, control de daños

Por el momento, voy a limitarme a copiar y pegar, con una mínima edición, los textos que estuve publicando últimamente en el facebook, pero que allá estaban fuera de lugar. 

Y dice:

Siguen siguiendo las «grandes reconciliaciones con el pasado».
Estudio Edición en Puán, sabido es. Empecé en 2006, dejé en 2008, me fui al Sur, etc., y la retomé en 2013. Este año planeo terminar de cursar las materias de grado. 
Venía todo bien: me faltan cinco materias, así que iba a hacerlas todas este año. Tres en el primer cuatrimestre, dos en el segundo. Pero resulta que se murió el jefe de la cátedra de Edición Electrónica y Multimedia en el verano, una de esas materias que me faltaba cursar, y, sencillamente, las autoridades de la facultad eliminaron la materia. 

[No voy a hablar de la «política académica» de la universidad; quizá en otra entrada].

De modo que me quedaba disponible en mi cronograma el tiempo que ya había destinado a ir a la facultad. Podría haberme organizado para hacer algo más «útil» (como preparar los finales que debo, dibujar; o hasta mirar 678, qué sé yo), pero no, decidí ir igual a la facultad, para reconciliarme con mi pasado, como decía, porque «reempecé» a estudiar griego clásico el martes, que algo había visto en el secundario, pero a lo cual, como a casi todo lo que vi en el secundario, no le había prestado demasiada atención.

Nos dieron para traducir este textito:
Παλαιὰ παροιμὶα • ὃτι χαλεπὰ τὰ καλά εστιν.
Dice: «Palaià paroimìa: hòti jalepà tà kalá estin.»
O sea: «Antiguo proverbio: ¡Qué difícil es lo bello!»

En conclusión: ese proverbio es un resumen de todo lo que estoy haciendo. Encuadernar, corregir, imprimir con tipos de metal, diseñar imágenes y editar texto con la computadora, pensar cómo crece una planta…
Y ahora todavía más: repasar sintaxis, física, leer la Constitución (y querer prenderla fuego). Recordar…

Es difícil, sí, pero cómo disfruto todo esto.

sábado, 7 de marzo de 2015

Frankenstein desencadenado

— INTRODUCCIÓN —
Todo el revuelo que se armó con la muerte de Nisman y las marchas y contramarchas me pusieron a querer opinar yo también sobre el tema. Lo hice por facebook, que es la plataforma que me absorbió a mí también y me alejó del blog (y que fue la plataforma en donde empecé a leer las opiniones que «me tocaron» y me hicieron querer decir algo al respecto). Pero el facebook, lo demuestra una y otra vez, no es el espacio mejor para eso. Al menos, no para mí. No voy a cerrar mi facebook (aunque lo pensé bastante seriamente), que sirve muy bien para otras cosas, pero, siendo editor, debería haber actuado en consecuencia de saber que facebook no era el lugar para ese tipo de planteos. Amenacé quichicientas veces con volver al blog, tratando de ir en contra de la idea de que ahora todo «compartir» se hace por medio de las redes sociales y de que «los blogs han muerto». Pero ahora es definitivo. Escribir en facebook más de veinte palabras es un engorro. Principalmente, por cómo trata a la tipografía. Pero no sólo por eso. Compartir opiniones en un ámbito dedicado a compartir fotos de mascotas, comidas y paseos no hace ver como desubicado más que a aquel que se desvía de eso. Vuelvo al blog para estos temas (y para escribir con bastardilla y negrita, vamos). Y pienso que se pueden complementar estos servicios de internet, no anularse uno al otro.
— FIN DE LA INTRODUCCIÓN —

A veces…


— INTERVALO —
Me fui a abrir un blog en Wordpress, pero no me convenció. Soy un lacra conservador.

Después me fui a tomar clases en el querido taller de encuadernación, que sigo yendo, hace año y medio, ya.
Después me fui a encontrar con una amiga para imaginar proyectos que vamos a hacer en nuestro taller de tipografía metálica que estamos armando juntos.
Después me fui a dormir.
Después me fui a buscar una prensa de encuadernador que conseguí gratis de manos de una vecina que se dedicaba a encuadernar pero que ya se retiró.
Después me fui a planear cómo van a ser las clases de Física que vamos a dictar en la Escuela Libre de Constitución este año, que empiezo a participar con ellos.
Y después chateé con mi amiga imprentera de nuevo para cambiarle el nombre al proyecto que estamos armando porque ya estaba en uso. Malditos «Pulpa Papel». Sin resultados.
Y por fin…
— FIN DEL INTERVALO —

Iba a escribir esto ayer, quería decir.
Estos días leí Frankenstein desencadenado, de Brian W. Aldiss.
Ciencia ficción. Publicado en 1973.
Trata de un futuro —año 2020— en que hay una guerra mundial en la que se usan armas tan potentes que terminan alterando «el tejido de la realidad». Se producen «deslizamientos de tiempo»: una casa y el terreno que la rodea (y la gente que vive en ella) saltan del siglo XXI al Medioevo y se quedan ahí durante un par de días, por ejemplo.
Se centra la historia en que un estadounidense cincuentón/sesentón se pierde con su auto impulsado por un motor atómico en uno de estos deslizamientos de tiempo y aparece en Suiza en 1806, donde, antes de encontrarse con Lord Byron, Mary Shelley y su futuro esposo, muy reales, se cruza primero con el mismísimo Victor Frankenstein y su criatura, personajes de ficción en la realidad de la que él viene. Se mezclan realidad y ficción. Simpático.
Nada de eso quería decir.
Iba a que, hacia el final, el monstruo de Frankenstein, a quien el personaje principal persigue con el fin de matarlo, pronuncia unas palabras en la misma onda con la que hablaba en el mismísimo libro de Mary Shelley. Dice:
«—Al tratar de destruir lo que no entiendes, tú mismo te destruyes. No entiendes y piensas que hay un abismo entre nosotros. Me odias y me temes, y crees que la causa es nuestras diferencias. ¡Oh, no, Bodenland! ¡Si tanto me aborreces, la causa es nuestras semejanzas!».
Y bueno, eso. Pensaba en cómo uno se enfurece ante lo que no entiende.


martes, 6 de enero de 2015

Patagonismo

Uno a veces trata de escribir cosas muy rimbombantes y pretenciosas que terminan siendo de lo más artsy-fancy.
Hoy no, quise ser más directo, pero me salió algo que parece escrito por un niño. (Pero qué suerte: bajo las capas de grasa y la barba y los aros aún habita un pedacito de ese que fui).
Y dice:
Yo pienso que son un gran error las ciudades.

¿Por qué?

Porque nos separan de la Naturaleza. Todo lo que nos pasa es a través de un medio.

No hay experiencias directas como tomar agua de un río sin siquiera hervirla, o charlar junto a un fuego varias horas antes de dormirse. Que te despierte la luz de la luna entrando por la ventana.
No se ven las estrellas en el cielo, no se sienten los olores del viento. Todo eso está vedado.

No me gusta nada de esto, ya.

Estoy cansado de adormecerme con libros, música, películas y comida.

No me convencen las promesas de que con esfuerzo se obtiene una vida cómoda en la ciudad.

¿Manejar un auto es más cómodo que andar en colectivo?
Es, como diría un sabio niñito, «la misma mierda pero con distinto olor».

¿Tener el acceso mediante una computadora a la información de una cuenta bancaria donde aparece un numerito que cuanto más distante de cero esté más me asegura tranquilidad y «un futuro»? ¿Eso es seguridad, eso es realizarse?

¿No entiendo estos planteos porque soy tonto? ¿O porque me están vendiendo cualquier verdura?

Nada de esto se siente tan real como aquello.
Nada.

Y si querer hacer lo que siento que es lo mejor para mí es estar loco, pues claro que estoy loco.
Nada más.
Bueno, mentira.

Por medio de la presente, se funda informalmente el nuevo -ismo llamado «el patagonismo»: la nueva forma de no-pensamiento orientada a la no-acción para la no-realización de la no-llegada al no-lugar; la escuela-cofradía sin más que un solo cofrade, miembro fundador y vicepresidente junior —quizá con apoyo moral de algunos, pero no mucho más—, sin manifiesto, sin programa, organizada en torno al deseo inefable de dejar de respirar los vapores nauseabundos de la basura estancada que entorpecen mi pensar y de reemplazarlos por las fitoncidas de los coihues, los cipreses, de los ñires y los alerces, de los arrayanes, de los maitenes, de los radales, de las lengas, hasta de las nalcas y de las cañas colihue.
Basta, basta, basta.
Basta de Macri y de Scioli y de Cristina y de Massa y de Randazzo y de Obama y de Chávez y del Che y de Lola y de Mangeri.
Basta de Tinelli, de Feinmann, del otro Feinmann, basta de la radio Vale, de 678, de Dolina, de Hadad, de TN y hasta de La Tribu.
Basta de alertas, basta de urgentes, basta de títulos, basta de novedades, basta de informativos.
Basta de todo el metal, basta de Luis Miguel, basta de Atahualpa Yupanqui, basta de Iorio.
Basta de los perfumes baratos, basta de Chanel Nº 5.
Basta de los perros, basta de los gatos, basta de los pececitos, basta de las tortugas, basta de los lagartos oberos, basta de los gecos, basta de las cucarachas, basta de las palomas.
Basta.
Y basta, basta, basta, basta de los veganos, de los carnívoros, de los vegetarianos, de los omnívoros.
Basta de las caras de zombies, basta de las caras de vivos.
Basta de querer meterme (en) tus cosas y de tratar de sacarme (de) las mías.
Basta de subirse a los trenes de otros.
Basta de «ideas».

Silencio. Silencio. Silencio.
Silencio. Silencio.
Silencio.

Quiero escuchar qué tengo para decirme yo a mí mismo, por mi cuenta, a ver si tanto vale la pena.
Uno es mucho más que los canales que ve, los libros que lee, los discos que escucha.

¿O no?

Silencio.

domingo, 16 de noviembre de 2014

¿Por qué será?

— ALERTA DE SPOILERS —

El tema es mi habitual incapacidad para distinguir la «alta cultura» de la «baja». Ayer leí para la facultad un cuento de un tal Nikolái Gógol. Este autor es uno de los «padres de la novela rusa moderna» y se lo estudia en Teoría literaria, etc. El cuento que leí es «El capote», publicado en 1842.
Grande —exorbitante— fue mi desconcierto cuando llegué al final, donde se cuenta que el pobre del protagonista, Akaky Akakiévich Bashmachkin, que se rompió el alma para comprar un capote nuevo sólo para que la noche después de estrenarlo se lo robaran y que terminó muriendo de fiebre al no poder recuperarlo, regresa de la muerte para vengarse.
Más allá de lo que puede simbolizar el cuento y de su impacto en su contexto; más allá de la alusión al choque con el sinsentido de la vida, de la analogía de la vida del personaje con la de Jesucristo, de la denuncia social, del valor literario; más allá de que se trate, según Vladimir Nabokov, de «la única obra de la literatura "sin grietas"», etc.; más allá de todo eso, digo, el cuento termina con un cadáver que se levanta de la tumba y vuelve a vengarse de lo que le causó la muerte.
Eso me hizo instantáneamente pensar en un episodio de Canción de hielo y fuego: la muerte de Catelyn Tully y su regreso como Lady Corazón de Piedra, sedienta de venganza por los asesinatos de sus familiares (y del suyo propio, claro).
La obra de George R. R. Martin nos puede gustar mucho a algunos, pero queda claro que Jorgito Martín no va a pasar a la historia aclamado por críticos literarios «serios» como algo así como «el padre de la novela norteamericana postpostmoderna». Me pregunto por qué.

George R. R. Martin al enterarse de su lugar en el futuro de la historia de la literatura.

sábado, 15 de noviembre de 2014

¿Qué es uno? - Esbozos para aportar a la confusión

Cuando uno dispone de cierto tiempo, empieza a preguntarse cosas. Quizá sea algo bueno, quizá sea un privilegio, quizá sea lo mejor que le pueda pasar a uno: gozar de las condiciones de bienestar, tiempo y salud suficientes para hacerse preguntas sobre cosas que considera importantes, poder sopesarlas y decidir fríamente y con fundamento qué aplicar a su vida y qué no. Quizá no. Quizá preguntarse qué tomar y qué dejar para la vida de uno sea un lujo superfluo, una pérdida de ese tiempo valioso que debería usarse para algo de mayor provecho. [No me parece. Defina «superfluo». Defina «valioso». Defina «provecho»].
Quizá lo mejor, eso sí, sería que esas dudas ocuparan el lugar correspondiente a lo que son: dudas personales, íntimas, carentes de interés para los demás y que, por lo tanto, deberían estar guardadas en el «fuero interno» y no publicadas en un medio al que puede accederse tan fácilmente, medio quizá inadecuado para tratar tales temas, aunque quizá Internet no sea un medio inadecuado para ningún tema, o lo que es lo mismo, quizá sea el medio adecuado para tratar cualquier tema.
Quizá las publique porque una de las preguntas que me hago es por qué al pensar en qué le pasa a la humanidad cuando me entero de que millones de personas están ahora mismo viendo videos en YouTube sobre cómo maquillarse me debato entre una angustia enorme y una indiferencia total. «Cada cual se divierte como puede». Pero «¿cómo puede ser?». Ah, qué tanto, vamos, si uno también dedica la mayor parte de sus horas a tareas de lo más intrascendentes. Como sea, hay tanta cosa publicada que no le provoca ni el menor atisbo de vergüenza al que la firma, que una huevada más dando vueltas por ahí no debería ofender a nadie. Menos a mí mismo. Aparte es tan larga y tediosa… ¿Quién la va a leer completa? Pero es que quiero provocar un cambio en los que estén cerca de mí. Y no se me ocurre otra manera. Lo único que medianamente sé hacer es escribir. Así que, por cómo están las cosas, lo mismo da, tanto si publico estas torpes consideraciones como si no.

Quizá no da lo mismo.

Quizá no.

Quiero creer que no.

A los bifes.

¿Quién es uno?
¿Lo que le pasó?
¿Lo que piensa?
¿Lo que hace?
[Editado después de leer sobre el ningunismo, que vino a aparecérseme justo cuando estaba escribiendo  —por enésima vez en mi vida— a mano el esbozo de esto, tratando de responder esas preguntas: precisamente esas preguntas son las que hay que dejar sin respuesta, «hay que ser indefinible», plantea Roy Khalidbahn. Pero no puedo evitarlo y trato de responderlas igual.]

Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros.
Dicen en wikiquote que lo dijo Jean-Paul Sartre. No tengo forma de comprobarlo.

Nací en Buenos Aires en julio de 1983. … Mmh, 114 menos 83… Tengo 31 años, sí.
Viví hasta los 15 entre un departamento en Lugano I y II y la casa de mi abuela paterna en Belgrano, donde descubrí el mundo gracias tanto a los contactos que tuve con mis siete tíos todos menores a mi viejo (o sea que pasaba los fines de semana con gente de todas las edades, primos bien niños, tíos adolescentes y adultos jóvenes y mis abuelos, de más de 50 años, cada vez que iba para allá, que pululaban siempre por ahí y me iban enterando de cómo era terminar la secundaria, empezar a estar de novio, casarse, tener hijos…), como con los libros que tenía mi abuelo, los que me compraba mi abuela y las historietas de alguna tía adolescente; a partir de 1998, creo, entre mis 15 y mis 25, en Villa Crespo, siempre con mi familia (los dos padres y dos hermanas menores); después, ya solo, casi dos años en los alrededores de El Bolsón, desde marzo de 2009 hasta marzo de 2011; y de ahí volví —por problemas de salud, principalmente— a Villa Crespo, a la casa de mi familia otra vez, donde vivo ahora mismo.

Varias veces durante mi vida me encontré en épocas en que consideraba que todo lo que estaba haciendo estaba orientado hacia un fin, que todo lo que había vivido desembocaba en ese momento específico, y que ese momento iba a ser el quiebre de una época, un antes y un después en la historia. Pero no, acá estamos, todo sigue igual. Pero yo sigo y sigo, todo el tiempo enfrentando esa tensión entre el mesianismo y la realidad.

Soñé desde el primario con que iba a ser alguien que iba a dejar una profunda huella en la sociedad, porque interpretaba lo que decían mis maestras y mi familia como augurios de algo grande para mi futuro.

Pasó el tiempo del primario. Cursé en un colegio católico de Villa Soldati, el Instituto Cristo Obrero. Sin demasiadas sorpresas, aparte de que después de tomar la primera comunión decidí dejar de participar en todo lo que tuviera que ver con el catolicismo y de que por esa época empecé a disfrutar de leer libros «para adultos». Claro que no cambié el mundo estando en la primaria.

Pasó el tiempo del secundario. Cursé en un bachiller nacional, el Colegio Nacional de Buenos Aires. Sin demasiadas sorpresas tampoco, aparte de que seguí alejándome del catolicismo (no consigo decidir si era ateo o agnóstico). Hice gracias a mis compañeros de curso mis primeros acercamientos a la música que me marcaría para siempre, el metal, y profundicé el gusto por la literatura. Tomé clases de guitarra unos seis meses, que abandoné porque no pude conseguir en ese momento una guitarra eléctrica; y empecé también un taller de historieta que se prolongó durante cinco años, entre mis 15 y mis 20. También tuve mis primeros acercamientos a las ideas de izquierdas en las clases de historia, pero nadie más lejos que yo de alguien con formación política. Me encerré en mí mismo, eso sí. Me enojé con mis compañeros, básicamente por mis concepciones infantiles de cómo debían ser las personas, por ser distintos a lo que yo esperaba. Por supuesto que tampoco cambié el mundo en la secundaria.

La entrada en la universidad fue inmediatamente después de terminar el secundario. Suponía un renovado entusiasmo, ya que uno podía dedicarse a estudiar sólo lo que le interesaba, descollar en lo que más le gustaba. Si no podía modificar las vidas de todos, al menos podía ser «alguien» en un ámbito específico.

No apuntaba tan alto como en la primaria, pero igualmente algo acicateaba como en esa primera época.
Elegí la carrera bastante aleatoriamente (la noche anterior a anotarme al CBC no podía dormirme mientras trataba de decidir si estudiaba biología, ingeniería electrónica, traductorado de inglés o diseño gráfico), es cierto. Pero sin embargo conservaba esa idea de ser «importante» en la profesión que eligiera. Así que al entrar al CBC soñaba con convertirme en el mejor diseñador gráfico que pudiera ser y representar «un antes y un después» en ese entorno.

Pero me encontré un par de años después con que estaba estudiando de manera insincera y vacía algo «porque tenía que estudiar», no porque lo hubiera elegido con convicción. Pasaba noches sin dormir intentando diseñar algo que satisficiera a los profesores, pero no encontraba un verdadero disfrute en lo que hacía. Y el mundo seguía igual.

Publicamos un fanzine de historietas del que sacamos un solo número con un amigo que hice en el CBC y otros chicos que este amigo conocía.
Pero el resultado fue que empecé a alejarme de las historietas.
«Trabajaba» mientras «estudiaba» en el kiosco de mi viejo, donde empecé a sentirme más y más lejos de la gente.
Entre 2005 y 2007 abandoné las historietas, abandoné la carrera, cerramos el kiosco. ¿Y el mundo? Bien, gracias.

Me pasé a Edición en 2006.
Soñé entonces con convertirme en el mejor editor que pudiera ser.
Pero me desilusioné otra vez. Primero, con el tipo de trabajos que conseguía, que solían ser muy tediosos y con pocas posibilidades de cambio —mucho después caí en la cuenta de que uno puede hacer algo desde fuera del trabajo formal, desde fuera de la idea que tenía de lo que era el trabajo; y me di cuenta lentamente también de que los primeros trabajos no son definitivos, pero en el momento los sufrí—, y después, con el ambiente de la universidad, donde mi interés por las clases se debilitaba por lo que en ese momento llamaba «politiquería», ya que en esa época, además de las habituales pujas entre los distintos grupos políticos habituales en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA, empezó a hablarse —muchas veces durante las clases— específicamente de convertir en licenciatura a la carrera, que hasta el momento era una tecnicatura, siempre despertando rencillas entre alumnos y profesores.
Abandoné en 2008.

Seguí sin rumbo muy claro —como siempre— durante el 2008, dedicado a trabajar como corrector en Errepar, donde se retroalimentaban, por un lado, mi frustración por lo «kafkiano» del trabajo y, por el otro, mi deseo nacido en la infancia —quizá cuando leí las historietas en las que Mafalda va a Bariloche y ve árboles centenarios— de mudarme a la Patagonia.
Gracias a la benevolencia de mi viejo, pude ahorrar casi la mitad de lo que gané en Errepar. Cuando llegó el momento de pedir las vacaciones después del primer año de trabajo, averigüé precios y vi más que factible el viaje al Sur. «Patagonia, Patagonia, tierra de dorados mitos…». Allá me fui.

Así que después de esas experiencias con los estudios y el trabajo, cambié de rumbo por completo, parte por una decisión propia, parte por el azar. Gracias a ese trabajo del que no disfrutaba y al apoyo de mi familia y de la que fuera mi primera novia, que fue la que me alentó desde el primer momento a conseguir el trabajo y ahorrar para viajar si era lo que más quería hacer, me pude ir de vacaciones al Sur, donde salió la oportunidad de quedarme a vivir allá cuidando un refugio en las montañas cercanas a El Bolsón.

Mesianismo.
Al irme de un departamento en Villa Crespo a vivir al medio de un bosque de coihues y cipreses en una cabaña de troncos construida en la orilla de un río de donde tomar el agua para beber, lavar y cocinar, sin electricidad ni gas, a kilómetros del resto de la gente, a dos mil kilómetros de mi familia, al costado de un sendero de tierra por donde no pueden circular vehículos motorizados, soñaba con estar viviendo de un modo tal que haría a los demás cuestionarse qué estaban haciendo de sus vidas tan profundamente que se produciría un cambio radical en la sociedad.
Soñaba con un éxodo de las ciudades, «para recrear nuestro modo de vivir recuperando el vínculo con la naturaleza que las ciudades nos extirpan».
Soñaba, poco tiempo después, con convencer a la gente ya no de que se fuera a vivir al medio del bosque conmigo, sino de que no se resignara a aceptar las cosas que se iban dando, como si fueran irreversibles o definitivas; que pensaran en que podían cambiar su condición con sólo ponerse a hacerlo. Escribía e-mails que creía incisivos cada vez que tenía a mano una computadora.

Fue en esta época cuando empecé a acercarme al anarquismo. Recuerdo que uno de los libros que llevaba en mi mochila de un lado para el otro era Dios y el Estado, de Mijaíl Bakunin, y una antología de pensamiento anarquista del Centro Editor de América Latina que me había regalado un ex compañero de Errepar también «pro-patagónico». Ambos libros quedaron allá. También leí por ese entonces algunos libros de y sobre Thoreau, el Into the Wild de Jon Krakauer, Los viajes de Gulliver.

Desde la primera vez que recorrí un poco el Sur escuché hablar de la permacultura: básicamente, una búsqueda de relacionarse de otro modo con el medio ambiente. Me interesó tanto que pensaba adoptar sus principios para aplicarlos a la casa que iba a construir con mis propias manos en donde vivía, y más: cuando supe que en la sede de El Bolsón de la Universidad Nacional de Río Negro había una tecnicatura en Producción Vegetal Orgánica, me anoté. Reincidente. Por cómo eran las condiciones en las que vivía se me hacía complicadísimo asistir a las clases y estudiar, así que pronto dejé, aunque no perdí el interés y leí cuanto pude sobre el tema (un par de libros de Masanobu Fukuoka, de Gernot Minke, un libro publicado por el CIDEP, donde me enteré de que uno de los mayores divulgadores de técnicas de construcción con barro en Argentina, Jorge Belanko, vivía en El Bolsón), al mismo tiempo que me acercaba a conocer huertas en la zona y empezaba la propia en las cercanías del refugio donde vivía.

Adoraba mi soledad. Disfrutaba tanto, tanto, tanto la sensación de pasar días sin hablar con alguien y que la llegada del momento de hacerlo de vez en cuando se convirtiera en motivo de placer. Amaba amasar pan (:P), salir a juntar leña, salir a caminar, de día, de noche, al sol o bajo la lluvia, mojarme la cara en el río, el silencio, los pájaros, mis gatos. Y poder compartirlo era/hubiera sido lo mejor («era» porque lo compartía con la gente/«hubiera sido» si hubiera conseguido una compañera o un amigo que se quedara ahí conmigo).

La gente que hablaba conmigo parecía irse cambiada. O al menos cuestionándose algo. «Lo estoy consiguiendo», me decía. Todo me hacía sentir que estaba orientado hacia ese punto al que aspiraba desde el primario.

Pero se acabó.
Terminó el trabajo en el refugio. Fui a una chacra donde estuve un tiempo, cerca de dos meses y medio, hasta que no pude más con mi cabeza y volví a la ciudad.
El sueño se derrumbó, después de casi dos años de intentar sostenerlo, por mi inexperiencia tanto en el trato con la naturaleza como con la gente, especialmente con mis empleadores.
Todo mi ser se derrumbó.

Terminé internado en el Alvear, un hospital de emergencias psiquiátricas, durante dos meses y medio, entre julio y septiembre de 2011.

Durante la internación, gracias al «gaucho!», un hombre que visita ese hospital dos veces por semana para dar un taller de poesía a los internados, conocí la Casa de la Poesía Viva, a donde empecé a asistir una vez que me dieron el alta, y donde me rodeé de jóvenes que me trataron bien desde el principio, junto a los que hicimos cosas que nunca antes imaginé que haría, como actuar, bailar, recitar y cantar en público.

Fue en ese grupo de jóvenes donde conocí la Soka Gakkai y el budismo de Nichiren Daishonin, gracias a dos de ellos que lo practicaban. Voy y vengo. Tengo mi gohonzon desde noviembre de 2012, pero con el tiempo dejé de participar en las actividades. Sigo manteniendo charlas muy ricas con miembros de la organización, pero me cuesta mucho reconocerme como parte de un grupo, como norma general.

Al mismo tiempo, como sabía que se dictaba en la Facultad de Agronomía de la UBA la misma carrera sobre producción orgánica a la que me había inscripto en El Bolsón, me anoté para cursarla a partir de 2012.
Al volver al ámbito estudiantil me amigué con la idea de estudiar, y decidí [no sólo seguir con esta carrera con el objetivo de volver a viajar y mudarme de nuevo al interior, donde pueda tomar contacto con la tierra y quedarme a vivir en un lugar más pacífico y esta vez de manera menos impulsiva, conociendo las consecuencias de actuar así, sino también] terminar también la tecnicatura en Edición que había empezado en 2006 y abandonado por desilusiones que no eran producto de la carrera en sí sino de lo que pasaba en ese momento y de lo que me pasaba a mí con la idea de seguir estudiando «para nada» que tenía en la época cuando la abandoné.

De modo que en 2013 retomé Edición, donde ya tengo aprobadas algunas materias de la primera vez que la intenté.

Vengo cursando muy bien (ahora, pero al principio fue arduo retomar el ritmo tomando medicación) las dos carreras a la vez.

La idea ahora es combinar conocimientos del tema de la edición con el tema de la agricultura orgánica y la permacultura para armar algún proyecto ediorial sobre estas disciplinas.
Desde mitad de 2013 estoy trabajando en correcciones de textos.
A fines del año pasado empecé un curso de encuadernación artesanal. El sábado, que es el día en que voy al curso, se convirtió en el más esperado de la semana.
Veremos qué sale.

Por todo esto, ahora siento que estoy en otro de esos momentos cruciales de mi vida, pensando, viviendo experiencias y leyendo como nunca hasta ahora. De nuevo siento que todo esto está orientando mi vida hacia donde [creo que] quiero, y lo quiero compartir con otros. Es esa misma fuerza en el pecho que siento ahora, cuando empiezo a convencerme de que si encuentro algo que considero que vale la pena debo difundirlo, cuando siento que empiezo a tener «convicciones», la que pienso que querían infundirme desde chico mis maestras y mi familia.
Sé ahora que lo que propongo no es aplicable a todos los demás, que no puedo convencer instantáneamente al resto del mundo de que tengo razón y de que deberían hacer lo que yo quiero. Parte de mí quisiera que así fuera. Pero si ni yo mismo estoy completamente convencido de todo lo que hago y pienso, si voy cambiando, cómo exigir a otros que coincidan siquiera en un punto de vista sobre un mínimo aspecto de la vida. [Y al escribir esto, aparece el ningunismo, justo, con su propuesta de insurrección, de no imponer a otros un sistema de ideas in toto sino activar en ellos esa convicción de que es uno el que puede —y debe— hacerse dueño de sí mismo.]

¿Qué es uno?
¿Qué lo define?
La Real Academia:
uno (del lat. unus)
1. adj. Que no está dividido en sí mismo.
11. m. Individuo de cualquier especie. 
¿Qué es ser libre?
¿Qué es vivir bien?
¿Cómo vivir bien?
¿Qué es importante?
¿Qué conozco?
¿Qué elijo?

No sé.

sábado, 11 de enero de 2014

Ningunismo

Por fin apareció algo de eso que estoy buscando.

Hace unos años, creo que en 2003, me registré en el foro de Internet de la Asociación Tolkien Argentina, donde participé bastante (mi nickname es «count grishnack». Editado: era, porque acabo de intentar acceder y parece que el foro no existe más). Un tiempo después, algunos de los chicos que participaban de ese foro armaron otro, ya no dedicado a un solo autor sino más abarcativo, sobre muchos temas de interés para los «ñoños»: literatura, música, historietas, cine, arte en general, etcétera. Se llamaba Parallax. Tampoco existe más. (Me apena bastante, porque perdí acceso a todo lo que había publicado ahí, que eran medios donde se compartían gustos e intereses y servían de orientación). Fui conociendo personalmente a algunos de los «foreros» gracias a unas reuniones de lectura que se organizaban en este Parallax. Cuando lo cerraron, perdí contacto con casi todos ellos, hasta hace poco más de un año, cuando por medio de Facebook encontré que seguían haciendo las reuniones a través de un grupo en la mentada página de Mark Zuckerberg (:P). Se reúnen una vez por mes para conversar un par de horas sobre un libro que se elige por votación de entre todos los propuestos por los presentes al final de cada encuentro. Para la reunión de hoy se eligió La masacre de Reed College, de Fernando Montes Vera. El libro es interesante y muy entretenido de leer hasta el momento de la masacre, después del cual decae muchísimo. No obstante el final, el libro me pareció interesante porque trata sobre varios temas bien propios de los jóvenes argentinos de la década del 2000, especialmente el sinsentido: estudiar para terminar trabajando en un call center, salir con una chica porque sí, la pseudovida en Internet, experimentar con la sexualidad y las drogas. Para crear el ambiente en el que se mueven los personajes, dedica un par de páginas al tema del ningunismo. Y acá es a donde quería llegar.

Cuando en 2006 pasó lo de los chicos que se metieron a las alcantarillas de Belgrano y murieron ahogados por la tormenta, me enteré de que existía una ¿«formación»? (Raymond Williams; tengo que dar el final de Teoría de los Medios en marzo) que buscaba explorar las ciudades (pero no la relacioné con el ningunismo hasta cuando leí el libro), porque justo entraron por una reja cerca de Superí y Olazábal que está a pocas cuadras de donde había vivido la familia de mi viejo hasta hacía unos años antes, lo cual me produjo escalofríos porque de chico, cuando salía a jugar por el barrio de mi abuela, me preguntaba cómo serían esas alcantarillas por adentro.

El libro dice (páginas 122 y 123):
Para Roy [Khalidbahn, alias del que ideó el ningunismo], en cambio, el descenso a los túneles era prácticamente una necesidad, una forma de volver a la realidad a través de la exploración de la ciudad en formas no automáticas. Según la tesis póstuma del ningunismo, existe un virus tecnológico que aparta a los jóvenes de la realidad y los lleva a construir realidades virtuales. El ningunismo, que él había inaugurado, se manifestaba no como una solución sino como una propuesta amorfa, inclasificable e irrepresentable de poner en práctica la exploración, que sería el camino de vuelta.
Estuve recorriendo un poco Internet a ver qué encontraba.

Página del ningunismo:
http://www.ningunismo.org.ar

A medida que leo a y sobre Roy Khalidbahn, cada vez me identifico más con el flaco.

La Tesis 222:
¡Insurrección!
Auto jaque-mate.
Tú has ganado.
El ajedrez es tan simple.
La coherencia del mito es eclipsada por el mito de la coherencia, en una alucinación que (sin siquiera pertenecernos) ha evolucionado hasta el punto de convencer a casi todos de que ni siquiera existe…
Recuperar nuestra interpretación autárquica de la realidad social implica evadir la norma, dejando de lado la fotocopiadora mental que nos induce “el deseo de ser como todos” mientras nuestra individualidad es moldeada en una masa que los medios mastican, los logotipos escupen, las modas someten y los vicios finalmente matan.
Como una semilla de incertidumbre cultivada en la paradoja, nos es posible crecer dejando atrás cada praxis sistemática (ismo) canalizando nuestra potencia en un estado mental capaz de abrazar una experiencia directa o al menos una percepción intuitiva que no pueda ser definida sino experimentada: una instancia de insurrección en la vida cotidiana.
Usando la insurrección como un factor renovador del consenso, podemos tomar parte en la redención de una generación, dando comienzo a una mutación más allá de cualquier definición. Aceptar la misión o adoptar la sumisión, es nuestra decisión.

Reconozco que ahora me encuentro en un estado bastante distinto, de casi total indulgencia comparada con la enorme exigencia por hacer algo que fuera propio de mí mismo, no «nacido de las ganas», que me impuse en otras épocas —quiero creer que es una transición para encontrar un punto medio; aunque puede decirse que lo hago bien indulgentemente, dejándome estar bastante, sí—, pero, como dije en el post anterior (anterior porque lo empecé hace varios días, aunque todavía no lo publiqué), la búsqueda de algo que diera sentido a quién soy siempre fue el tema que rigió —y que sigue rigiendo— mis intereses, aunque con épocas bastante marcadas de mayor coherencia entre lo que pensaba y lo que hacía. Pasé por varios momentos en los que creí que había encontrado ese sentido y que hacía lo que pensaba que había que hacer, especialmente en 2009, cuando abandoné todo lo que definía mi vida cotidiana. Creo que en ese entonces actué precisamente como proponía Roy, y sin conocer prácticamente nada del ningunismo antes de hacerlo, salvo el final en las alcantarillas. Irme a vivir al Sur fue mi manera de hacer saltar el mundo por los aires. 
Así terminé.

Salvando las distancias, que los míos eran unos textos viscerales escritos generalmente de madrugada, desprolijos, cargados de los sentimientos que tenía en el momento, cualquiera que haya recibido un mail mío de esos que enviaba durante mi tiempo en el refugio en El Bolsón recordará que me propuse durante un tiempo algo parecido en términos de provocar un cambio total (yo quería iniciar el éxodo de las ciudades a la Naturaleza), y más tarde, «romper todo», lo que, veo ahora, tenía una inspiración parecida al ningunismo, en el sentido de que exigía un despertarse de la anestesia de la rutina urbana y cambiar totalmente de vida.

Iba a copiar un e-mail de esos, pero mejor no. Bueno, un pedacito:
From: fernandoladislao@hotmail.com
To: […]
CC: […]
Subject: RE: A mi familia de sangre y a la gente que se va acercando. Saludos, novedad...
Date: Fri, 22 Oct 2010 05:39:46 +0000 ___________________________________________________
SI TE LLEGA UN MAIL MÍO QUE PARECE PARA OTRO ES A PROPÓSITO, NO ES UN ERROR, ES PARA VOS TAMBIÉN: SI TE LLEGA ES PORQUE ME INTERESA QUE TE LLEGUE A VOS, NO TENGO NADA QUE OCULTAR, NO PUEDO ESCRIBIR COSAS PERSONALIZADAS PORQUE NO TENGO TIEMPO NI DINERO PARA MANDAR UNO A CADA UNO, QUIERO UNIR GENTE QUE IMAGINA QUE LOS DEMÁS NO TIENEN NADA QUE VER CON ELLOS. SI TE LLEGÓ ESTE MAIL ES PARA QUE LO LEAS, PARA QUE CONTESTES SI QUERÉS, PARA QUE ME MANDES UN SMS A MI CELULAR, QUE SALE LO MISMO QUE MANDARLO EN BUENOS AIRES, AL 02944 15712296, PARA QUE PIENSES, PARA QUE HAGAS, PARA QUE TE DES CUENTA DE QUE QUEJARSE ESTÁ BUENO, PERO NO SIRVE PARA NADA SI TE QUEDÁS MIRANDO LA TELE O EL YOUTUBE O LO QUE SEA QUE TE HACE ADORMECERTE Y VER CÓMO SE TE ESCAPA EL TIEMPO CUANDO PODRÍAS VOS TAMBIÉN IRTE A DORMIR CANSADO DE HACER COSAS Y LEVANTARTE CON GANAS DE EMPEZAR OTRAS. PARA QUE DESTRUYAS TU CADENA, SEA UNA CORBATA O UN NÚMERO O UN PREJUICIO O UN DOGMA O UN MIEDO. APAGÁ TODO. ROMPÉ TODO. DESPERTATE AHORA. NO LLORES CUANDO VEAS QUE SE TE FUE LA OPORTUNIDAD. HACE UN AÑO Y MEDIO, SI PASABAS POR LA PUERTA DE ERREPAR Y ME DECÍAS "EN POCO MÁS DE UN AÑO VAS A ESTAR CUMPLIENDO TU SUEÑO DEL BOSQUE" TE HUBIERA CREÍDO UN/A LOCO/A... ¡YO SOY ESE LOCO QUE SE LO DICE A USTEDES QUE SE QUEJAN! ¡VIVAN DE ACUERDO CON SU SUEÑO MÁS SINCERO AHORA! UNA SOLA QUEJA INVALIDA TODO. ROMPAN ESE "TODO". AHORA.)

Y allá me hacía llamar Ícaro… Más escalofríos: Me hacía llamar así porque consideraba que Ícaro había aspirado a algo «muy alto» y había muerto al tratar de alcanzarlo. Representa para mí el símbolo de abandonar lo establecido, el laberinto, de lograr lo que nadie se atreve a hacer incluso aunque cueste la vida.Y Roy Khalidbahn escribió casi lo mismo en El legado de Ícaro.

Más escalofríos cuando leo 1 + 1 = 1, escrito por su madre sobre otros textos de Roy. «Volver a ser como un niño». O sobre la libertad:
«La Libertad es una habilidad psicokinética. No es un nombre abstracto, no un “estado”, no un movimiento, no una forma de gobernación, no una falsa ilusión de vida de fin de semana. La libertad es un estado de conciencia, al cual sólo se puede llegar ampliando los horizontes, tanto espirituales como mentales… ¿Es libertad acaso hacer lo que quiero, o sería libertad saber por qué lo quiero?» —finalmente concluye— … «Aquí y ahora, la humanidad cayó en la más grande trampa contra la libertad: la mentira de que somos libres».
La Insurrección, sin este sentido de lo que es la libertad, sería un libertinaje más, entre los muchos sugeridos por el Catálogo de Alternativas que promueve el Sistema. Opuesto a esto, Roy tuvo claridad en su objetivo, y puso todo el acento en el significado de la Libertad, porque «La razón establece que uno no puede luchar por aquello que no conoce» —para expresar luego con tristeza— …«Y el corazón se rebela frente a un universo tan cruel como para imponer tal injusticia a nuestra generación, ya que en ningún momento pasado, ni en la Inquisición, hubo tanta opresión sobre el libre pensar».

El concepto de «Libertad» ahora asociado al cuerpo (vestir como se me da la gana, hacer lo que las ganas quieren, y realizar actos sexuales explícitos) es un ardid que oculta la dominación. Desde esta confusión de base (desde su resignificado), hay personas que suponen «no responder a mandato alguno» sólo porque eligen su ropa y accesorios, concurren al lugar que mejor les apetece y eligen su compañero sexual indiscriminadamente. Lo que no comprenden, es que están sujetos a un significado erróneo —intencionalmente modificado— de lo que es «libertad». Y en esto radica la esclavitud.
Sobre cómo el ningunismo no es ningún ismo, también en 1 + 1 = 1:
«Recuperar la percepción autárquica de la realidad» fue el «live motive» de Rodrigo, es decir, instar a un proceso individual y sin cátedra, es decir, que no esté orientado a cambiar o resignificar contenidos, sino que sólo le devuelva al hombre su aptitud de discernir, diferenciar, discriminar y así recuperar su Libertad: sus propios contenidos autárquicos.
Por esa razón: «La Insurrección se comprende sólo cuando se la practica» sostuvo Roy, para agregar: «El combate es contra el único Sistema que se puede combatir: El propio sistema nervioso central». Cada uno debe trabajar de manera privada e independiente, para liberarse de aquellas cosas «no propias» que han ingresado en la mente, a través de la manipulación de contenidos. 
Este es el motivo por el cual el autor del Ningunismo prefirió el mensaje críptico y en ello, evitar transmitir significados, limitándose a denunciar la dominación mental existente; dar disparadores para “recuperar la percepción autárquica” y que desde allí, cada uno estableciera el rumbo de su propia vida. Por eso, aun teniendo convicciones personales precisas y claras, jamás tradujo las propias ni cuestionó las ajenas. Esta es la gran diferencia, que lo separa de cualquier ideología, creencia, política, o sistema filosófico.
En algunas oportunidades, conversando sobre esto me dijo: «Cualquier valor que se mencione, se convierte en ismo y produce una reacción alérgica. Lo mío no es decir cómo tienen que pensar, sino sólo ¡que piensen!. El problema no son los significados, es la ausencia de libertad».
[…] 
«Hoy hacen creer a la gente que salir a combatir el mal en el mundo, que honrar los valores, que intentar cambiar las cosas, es una locura».

Fin. Me voy a seguir leyendo.
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Frase del día

«La puta que vale la pena estar vivo».
Firmado: La tenia saginata que sorbe tus líquidos intestinales.

Véase también

- Noticia en Clarín en la que hablan con la madre de Roy Khalidbahn. Floja, pero como para empezar a ver de qué se trata:
http://edant.clarin.com/diario/2006/12/20/laciudad/h-05401.htm